LIBERTARISMO

Pueblo: la palabra mágica de los políticos

Político de espaldas pronunciando un discurso ante una multitud, con un edificio monumental del Estado al fondo.
La invocación del pueblo como recurso para justificar el poder político.

De todas las trampas que el Estado ha sabido urdir, quizá la más eficaz sea la del “Pueblo”. Ninguna otra palabra ha sido tan útil para enmascarar los abusos del poder. Le ha servido a todos los políticos y todos los regímenes sin excepción: le sirvió a Hitler, le sirvió a Andrés Manuel López Obrador pasando por Donald Trump y todos los demás sin importar su afiliación. Bajo su manto, toda arbitrariedad se reviste de legitimidad, toda imposición se convierte en mandato colectivo y toda violencia se disfraza de acto necesario. Decir “el Pueblo quiere” equivale a otorgarle al Estado una licencia sin límites, para que legisle, ejecute, violente,  expropie y haga lo que quiera porque en nombre del pueblo cualquier crímen se santifica sin discusión.

“El Pueblo” así como “el Estado” son inexistentes. Son abstracciones y parecen hechas a medida la una para la otra. Se sostienen mutuamente y casi podría decirse que el Estado sin el Pueblo no podría existir y viceversa. El pueblo no puede hablar, sentir, pensar, actuar, por sí mismo, pero igual es escuchado por sus autoproclamados intérpretes que deciden y obran siempre en su nombre.

El ardid es diáfano: el Estado, que en los hechos es una minoría organizada con monopolio de la fuerza, se asume a sí mismo como la encarnación de la totalidad de la sociedad. Esta ágil maniobra demagógica anula la distinción entre los gobernantes y sus gobernados y así lo que evidentemente es mandato de unos pocos se presenta como la voluntad de “todos”. Al invocar al Pueblo, los políticos logran que la obediencia parezca autoimpuesta voluntariamente por los ciudadanos, que el súbdito sienta que se está obedeciendo a sí mismo contra toda la obviedad de la evidencia de que en realidad está sometido por el Leviatán. Así se perfecciona la dominación, porque la coacción externa se interpreta como sumisión voluntaria.

La historia moderna ofrece innumerables ejemplos. Los totalitarismos del siglo XX todos sin excepción se proclamaron como “gobiernos del pueblo”. En nombre del Pueblo se expropió y se colectivizó la propiedad privada en la Unión Soviética, en nombre del Pueblo se persiguió y se exterminó a millones de personas en China, en nombre del Pueblo se erigieron regímenes en Europa y América Latina que con el argumento del “Pueblo” justificaron desde la censura hasta el crimen más brutal. Pero también en las democracias contemporáneas la fórmula se repite exitosamente porque funciona muy bien. Aunque con formas más suavizadas: los parlamentos aprueban leyes restrictivas, se incrementan los impuestos, las cortes fallan arbitrariamente y absolutamente todo se hace “por mandato popular” y así, la palabra Pueblo funciona como coartada retórica que neutraliza toda crítica y aplica en cualquier situación. Recuerdo perfectamente al mesías mexicano Andrés Manuel López Obrador que tras una fraudulenta “consulta popular” canceló la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y al ser increpado por un periodista respondió: “Así lo quiso el pueblo” y acto seguido agregó “¿Quién es el que manda aquí?”¿Quién se atrevería a cuestionar una “decisión del Pueblo” sin quedar marcado como enemigo de todos?

El problema es ontológico: el Pueblo no existe como sujeto real, es una construcción abstracta. Existen individuos, con proyectos de vida distintos y a menudo incompatibles; existen comunidades, gremios, asociaciones, familias, individuos, pero el Pueblo, como totalidad indivisa, es un invento del Poder. Nombrar al Pueblo borra la diversidad real de hombres y mujeres para sustituirla por esa ficción unitaria que siempre termina beneficiando a quienes manipulan el concepto.

La eficacia de esta trampa radica en su poder emocional. Invocar al Pueblo produce un efecto de comunión inmediata: el ciudadano siente que participa de una causa superior, que su individualidad se funde en un cuerpo social trascendente. Esa emoción neutraliza la sospecha y anestesia el juicio crítico. En nombre del Pueblo se aceptan sacrificios que en nombre de un gobernante en particular serían abominables. La trampa convierte al dominado en artífice entusiasta de su propia dominación. Incluso cuando alguien disiente acerca de algo y le dicen que “así lo quiso el pueblo” tiene la sensación de estar traicionando a todos los demás.

Conviene subrayar un principio decisivo: cuando la política se legitima en una abstracción como el Pueblo, la libertad individual queda subordinada a un ente sin rostro que todo lo justifica. Es la negación misma del respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, porque el individuo concreto se disuelve en una masa anónima cuyos designios son dictados por el grupo de poder en turno. La consecuencia es obvia: cualquier atropello puede proclamarse legítimo siempre que se pronuncie en nombre del Pueblo. 

Hitler asesinó a millones de judíos en nombre del Pueblo alemán, dejando muy claro que no existen límites morales ni materiales para ningún Estado en llevar a cabo crímenes de todo tipo que en nombre del Pueblo no pueda justificar.

La trampa se completa porque los ciudadanos, incluso los más críticos del gobierno, rara vez cuestionan la categoría misma de Pueblo. Protestan contra los desmanes políticos, pero no contra la ficción que los sostiene y al aceptar la premisa, quedan atrapados en la lógica del poder: sólo discuten qué facción representa mejor al Pueblo, pero no cuestionan que alguien pueda representarlo. Así, la abstracción sigue funcionando como la coartada más rentable del Estado y en este punto ya se está metido hasta el fondo en esta trampa.

El Pueblo, como hemos afirmado, no existe como sujeto real: es una palabra mágica que convierte la voluntad de unos en mandato de todos. Mientras esta ficción siga operando, la libertad seguirá subordinada a la dominación. Reconocer la trampa es el primer paso para desarmarla: recuperar el lenguaje que devuelva el protagonismo a los individuos y a sus acuerdos voluntarios, no a entidades imaginarias que sirven de máscara al poder. Cristina Soto nos invita a cuestionar: ¿y si esa palabra -Pueblo- tan poderosa como imprecisa fuese solo una invención útil, una idea fabricada para calmar nuestra necesidad de pertenencia y que al adoptarla nos reduce a todos a un simple rebaño? ¿Y si somos nosotros mismos quienes, al ponernos la etiqueta de pueblo, construimos nuestra propia identidad como rebaño?

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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