La oposición a la reunificación alemana es uno de los episodios menos conocidos del final de la Guerra Fría. El 9 de noviembre de 1989, el mundo contempló unas imágenes que parecían imposibles apenas unos meses antes: miles de alemanes cruzaban libremente el Muro de Berlín, aquella gigantesca barrera de hormigón que durante veintiocho años había dividido una ciudad, separado familias y simbolizado la confrontación entre dos sistemas políticos. Había abrazos, lágrimas, celebraciones y una sensación generalizada de que Europa estaba asistiendo al final de una época. La caída del muro fue interpretada como una victoria de la libertad frente a las dictaduras comunistas de Europa Oriental, y había buenas razones para considerarla así, porque el régimen de Alemania Oriental había construido aquella barrera precisamente para impedir que sus ciudadanos abandonaran el país.
El 9 de noviembre de 1989, el mundo contempló unas imágenes que parecían imposibles apenas unos meses antes. Miles de alemanes cruzaban libremente el Muro de Berlín, aquella gigantesca barrera de hormigón que durante veintiocho años había dividido una ciudad, separado familias y simbolizado la confrontación entre dos sistemas políticos. Había abrazos, lágrimas, celebraciones y una sensación generalizada de que Europa estaba asistiendo al final de una época. La caída del muro fue interpretada como una victoria de la libertad frente a las dictaduras comunistas de Europa Oriental, y había buenas razones para considerarla así, porque el régimen de Alemania Oriental había construido aquella barrera precisamente para impedir que sus ciudadanos abandonaran el país. Durante décadas, miles de personas intentaron escapar hacia Occidente y algunas perdieron la vida en el intento.
Sin embargo, detrás de las celebraciones públicas comenzó a desarrollarse una historia mucho menos conocida. Mientras millones de personas festejaban la desaparición de aquella frontera, algunos de los dirigentes políticos más importantes de Europa observaban con preocupación lo que estaba sucediendo. La posibilidad de que Alemania Occidental y Alemania Oriental volvieran a convertirse en un solo país despertaba viejos temores, intereses estratégicos y recuerdos de las dos guerras mundiales. La paradoja era evidente: la libertad de los alemanes era motivo de celebración, pero la posibilidad de que utilizaran esa libertad para reunificar su nación no despertaba el mismo entusiasmo entre todos los gobiernos occidentales.
Una nación dividida por la Guerra Fría
Para comprender aquellas resistencias hay que recordar cómo se produjo la división alemana. Después de la derrota del régimen nazi en 1945, Alemania quedó ocupada por las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética. Las diferencias entre los antiguos aliados terminaron convirtiendo aquella ocupación en una división política permanente. En 1949 surgieron dos Estados: la República Federal de Alemania, conocida como Alemania Occidental, vinculada a las democracias occidentales, y la República Democrática Alemana, o Alemania Oriental, organizada bajo un régimen comunista subordinado a la influencia soviética.
Berlín también quedó dividida, aunque se encontraba dentro del territorio de Alemania Oriental. Durante años, la parte occidental de la ciudad constituyó una vía de escape para quienes deseaban abandonar el sistema comunista. Para detener aquella emigración, las autoridades orientales levantaron el Muro de Berlín en agosto de 1961. La división alemana terminó convirtiéndose en una de las principales expresiones territoriales de la Guerra Fría, con Estados Unidos y sus aliados europeos de un lado, y la Unión Soviética y los países del bloque comunista del otro.
Cuando comenzaron a derrumbarse los regímenes comunistas de Europa Oriental en 1989, la cuestión alemana volvió al centro de la política internacional. La pregunta ya no era solamente si los ciudadanos de Alemania Oriental podrían viajar libremente, sino si tenía sentido que continuaran existiendo dos Estados alemanes. Y esa segunda pregunta resultó mucho más incómoda para algunos dirigentes europeos.
Margaret Thatcher y su oposición a la reunificación alemana
Una de las figuras que mostró mayor resistencia a la reunificación fue Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990. Thatcher era una de las principales representantes del anticomunismo occidental, había mantenido una posición firme frente a la Unión Soviética y defendía la economía de mercado y las instituciones democráticas. Sin embargo, cuando comenzó a plantearse seriamente la reunificación alemana, reaccionó con una profunda desconfianza. Su preocupación no era que Alemania volviera al comunismo, sino precisamente lo contrario: que una Alemania democrática, capitalista y reunificada se convirtiera en una potencia demasiado poderosa para el equilibrio europeo.
Thatcher pertenecía a una generación marcada por la Segunda Guerra Mundial. Había vivido los bombardeos alemanes sobre el Reino Unido y consideraba que la historia europea ofrecía suficientes motivos para desconfiar de una Alemania excesivamente fuerte. La reunificación significaría incorporar los aproximadamente dieciséis millones de habitantes de Alemania Oriental a una República Federal que ya era la principal potencia económica de Europa Occidental. El resultado sería un país de cerca de ochenta millones de habitantes, situado en el corazón del continente y con una enorme capacidad industrial y financiera. Para Thatcher, aquella concentración de poder podía alterar el equilibrio que Europa había construido después de 1945.
Los documentos diplomáticos y testimonios conocidos posteriormente muestran que sus reservas fueron considerablemente más intensas en privado que en sus declaraciones públicas. No se trataba simplemente de una preocupación por la velocidad del proceso, porque Thatcher temía sus consecuencias estratégicas y buscó maneras de evitar una transformación demasiado rápida del mapa europeo. Sin embargo, había un problema fundamental para su posición: los propios alemanes estaban manifestando su voluntad de reunificarse y el gobierno británico difícilmente podía presentarse como defensor de la libertad de Europa Oriental mientras intentaba impedir que los ciudadanos alemanes decidieran su futuro. Finalmente, Thatcher aceptó la reunificación, aunque nunca ocultó del todo sus reservas.
François Mitterrand: Francia y el equilibrio europeo
El presidente francés François Mitterrand también recibió con inquietud la posibilidad de una Alemania reunificada, aunque su posición fue más compleja que la de Thatcher. Francia y Alemania Occidental habían construido, después de la Segunda Guerra Mundial, una relación de cooperación que se convirtió en uno de los pilares de la integración europea. Aquella alianza había permitido superar décadas de enfrentamientos militares y desarrollar instituciones económicas y políticas comunes, pero esa cooperación también descansaba sobre un determinado equilibrio. Francia conservaba un importante peso diplomático y militar, mientras Alemania Occidental aportaba una extraordinaria capacidad económica.
La reunificación podía modificar aquella relación, porque una Alemania más grande, con mayor población y situada en el centro de Europa, tendría una influencia todavía mayor sobre el futuro del continente. Mitterrand temía que el proceso avanzara demasiado deprisa, sin que las demás potencias europeas pudieran negociar sus consecuencias. También le preocupaba que la nueva Alemania desarrollara una política exterior más independiente y menos comprometida con la integración europea. Por eso intentó que la reunificación estuviera acompañada de compromisos que reforzaran las instituciones comunitarias.
A diferencia de Thatcher, Mitterrand terminó desempeñando un papel importante en la aceptación diplomática del proceso. Su objetivo fue asegurar que la nueva Alemania permaneciera estrechamente vinculada al proyecto europeo. La profundización de la integración económica y monetaria, que años después conduciría al nacimiento del euro, formó parte de aquel contexto político. La preocupación francesa puede resumirse de una manera sencilla: si Alemania iba a recuperar su unidad nacional, Francia quería asegurarse de que ese nuevo poder alemán permaneciera integrado en una Europa cada vez más unida.
La Unión Soviética: perder Alemania Oriental significaba perder mucho más
La posición de Mijaíl Gorbachov, dirigente de la Unión Soviética, respondía a preocupaciones diferentes. Para Moscú, Alemania Oriental no era simplemente un país aliado, sino una pieza fundamental de su sistema de seguridad en Europa y uno de los territorios más importantes del bloque comunista. La Unión Soviética mantenía allí cientos de miles de soldados y consideraba que la existencia de Alemania Oriental contribuía a mantener una zona de influencia estratégica frente a la OTAN. La desaparición de aquel Estado significaba perder una parte esencial de la estructura política y militar construida por Moscú después de la Segunda Guerra Mundial.
Además, Gorbachov debía considerar una cuestión particularmente delicada: ¿qué ocurriría si una Alemania reunificada permanecía dentro de la OTAN? Desde la perspectiva soviética, aquello implicaría que un territorio que durante décadas había pertenecido al bloque comunista pasaría a formar parte de la alianza militar occidental. Por eso, aunque Gorbachov había impulsado reformas y permitido una mayor autonomía política en Europa Oriental, inicialmente mostró reservas ante la rapidez de la reunificación y, especialmente, ante sus consecuencias militares.
Sin embargo, la situación de la Unión Soviética había cambiado profundamente. Su economía atravesaba graves dificultades, el sistema comunista europeo se estaba desintegrando y Moscú ya no tenía la capacidad política de imponer a sus aliados el mismo grado de subordinación que en décadas anteriores. Gorbachov terminó aceptando que los alemanes decidieran su futuro y, durante las negociaciones posteriores, la Unión Soviética obtuvo compromisos relacionados con la retirada de sus tropas, las condiciones militares aplicables al territorio de la antigua Alemania Oriental y la asistencia financiera alemana. La reunificación terminó realizándose con Alemania integrada en la OTAN, algo que inicialmente había provocado importantes resistencias soviéticas. La oposición a la reunificación alemana por parte de la Unión Soviética respondía fundamentalmente a razones militares y estratégicas.
Otros gobiernos europeos también tenían dudas
Las reservas no se limitaron al Reino Unido, Francia y la Unión Soviética. En Italia, el primer ministro Giulio Andreotti había expresado anteriormente su incomodidad ante la idea de una Alemania reunificada, debido al temor de que un Estado alemán demasiado poderoso modificara nuevamente el equilibrio continental. En Países Bajos también existían reservas sobre la velocidad del proceso. El primer ministro Ruud Lubbers defendía que una transformación de semejante importancia debía desarrollarse dentro de un marco europeo cuidadosamente negociado.
Polonia, por su parte, tenía una preocupación histórica especialmente concreta: sus fronteras occidentales. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania había perdido territorios situados al este de la línea formada por los ríos Oder y Neisse. Aquellas regiones habían pasado a formar parte de Polonia y su población alemana había sido expulsada o desplazada en gran medida. Las autoridades polacas temían que una Alemania reunificada pudiera reabrir reclamaciones territoriales, por lo que exigían garantías de que el nuevo Estado reconocería definitivamente la frontera existente.
No todos estos gobiernos se oponían a la unidad alemana como principio. Algunos pretendían retrasarla, otros condicionarla y otros asegurar que no modificara acuerdos territoriales y estratégicos establecidos después de 1945. Pero todos compartían una preocupación: la reunificación no era solamente un asunto de los alemanes, porque sus consecuencias afectarían a toda Europa.
Helmut Kohl: el derecho de los alemanes a decidir
Frente a aquellas resistencias, el canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, se convirtió en el principal impulsor político de la reunificación. Kohl comprendió que la caída del muro había abierto una oportunidad histórica que podía desaparecer si el proceso quedaba atrapado en negociaciones interminables. El 28 de noviembre de 1989 presentó ante el Parlamento de Alemania Occidental un programa de diez puntos que proponía avanzar gradualmente hacia la unidad alemana. Aquella iniciativa sorprendió incluso a algunos de sus aliados internacionales, que consideraban prematuro hablar abiertamente de reunificación.
Para Kohl, la cuestión central era que los alemanes tenían derecho a decidir democráticamente su organización política. La división había sido consecuencia de la guerra y de los acuerdos entre las potencias vencedoras, no de una decisión libre de la población alemana. Sin embargo, Kohl también comprendía que la reunificación necesitaba reconocimiento internacional, porque Alemania no podía ignorar los derechos y responsabilidades que Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética conservaban desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Su estrategia consistió en combinar el respaldo popular dentro de Alemania con una intensa negociación diplomática destinada a conseguir la aceptación de las cuatro potencias.
George H. W. Bush: el respaldo decisivo de Estados Unidos
Uno de los principales aliados de Kohl fue el presidente estadounidense George H. W. Bush. A diferencia de Thatcher y de los dirigentes europeos más reticentes, Bush consideraba que la reunificación alemana podía consolidar los cambios democráticos que estaban transformando Europa Oriental. Washington veía la posibilidad de construir una Europa más estable, en la que una Alemania reunificada permaneciera vinculada a las instituciones occidentales.
El respaldo estadounidense también respondía a intereses estratégicos, porque si Alemania continuaba dentro de la OTAN, Estados Unidos conservaría una pieza fundamental de su presencia política y militar en Europa. Pero había una diferencia importante respecto de quienes pretendían retrasar el proceso: Bush aceptaba que la reunificación debía responder, ante todo, a la voluntad democrática de los alemanes. Su gobierno desempeñó un papel esencial en las negociaciones internacionales y ayudó a superar las resistencias de otras potencias. De esa manera, Estados Unidos apoyó una transformación que algunos de sus propios aliados europeos contemplaban con inquietud.
Los alemanes orientales tuvieron la última palabra
Mientras los dirigentes internacionales discutían el futuro de Alemania, los ciudadanos de Alemania Oriental comenzaron a expresar de manera cada vez más clara sus preferencias políticas. El 18 de marzo de 1990 se celebraron las primeras elecciones parlamentarias libres de la historia de Alemania Oriental. La Alianza por Alemania, una coalición favorable a una reunificación rápida y respaldada por Helmut Kohl, obtuvo aproximadamente el 48 % de los votos. El resultado fue decisivo porque mostró que una parte muy importante de la población no deseaba conservar indefinidamente un Estado oriental separado.
También existían sectores que defendían una Alemania Oriental democrática e independiente. Algunos movimientos surgidos durante las protestas de 1989 aspiraban a construir una sociedad diferente, que no reprodujera ni el sistema comunista anterior ni todas las características del modelo occidental. Pero aquella alternativa no consiguió el respaldo electoral necesario para imponerse.
El proceso de reunificación avanzó entonces con rapidez. Las negociaciones internacionales se desarrollaron mediante el mecanismo conocido como Dos más Cuatro, en el que participaron los dos Estados alemanes y las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. El 12 de septiembre de 1990 se firmó en Moscú el tratado que resolvía los principales aspectos internacionales de la unidad alemana y, finalmente, el 3 de octubre de 1990, Alemania Oriental se incorporó a la República Federal y la reunificación se convirtió en una realidad. Habían transcurrido menos de once meses desde la caída del Muro de Berlín.
La paradoja de una libertad que despertaba temores
La reunificación alemana dejó al descubierto una realidad que frecuentemente queda relegada en los relatos más conocidos sobre el final de la Guerra Fría. La caída del Muro de Berlín fue celebrada en las democracias occidentales como una victoria histórica de la libertad. Sin embargo, cuando aquella libertad abrió la posibilidad de que los alemanes reconstruyeran su unidad nacional, algunos gobiernos reaccionaron con reservas y trataron de condicionar el proceso.
Las razones eran diferentes y no todas carecían de fundamento. Los recuerdos de las guerras mundiales, la preocupación por las fronteras, el equilibrio de poder europeo y el futuro de las alianzas militares eran cuestiones reales que cualquier gobierno debía considerar. Pero también existía una contradicción política difícil de ignorar. Durante décadas, los gobiernos occidentales habían denunciado que la división alemana era una consecuencia de la imposición soviética. Habían defendido el derecho de los ciudadanos de Alemania Oriental a vivir en libertad y habían presentado el Muro de Berlín como un símbolo de opresión. Cuando ese muro desapareció y los alemanes pudieron decidir su futuro, algunos de aquellos gobiernos descubrieron que el resultado de esa libertad podía entrar en conflicto con sus propios intereses nacionales.
La diferencia entre apoyar la libertad como principio y aceptar todas sus consecuencias políticas quedó expuesta con especial claridad. La historia, sin embargo, también exige reconocer que aquellas preocupaciones no desembocaron en una oposición occidental unificada. Francia terminó respaldando la reunificación, el Reino Unido aceptó el acuerdo final y la Unión Soviética renunció a impedirlo. Estados Unidos, por su parte, desempeñó un papel fundamental para hacer posible el proceso.
La reunificación alemana no fue simplemente una consecuencia automática de la caída del muro. Fue el resultado de la movilización de los ciudadanos, de decisiones democráticas, de negociaciones diplomáticas y de un cambio extraordinario en las relaciones de poder internacionales. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro que impedía a millones de alemanes desplazarse libremente y el 3 de octubre de 1990 desapareció también la división política que había separado a su país durante más de cuatro décadas.
Entre ambas fechas quedó demostrada una lección histórica: defender la libertad de un pueblo resulta relativamente sencillo mientras sus decisiones coinciden con nuestros intereses. La verdadera prueba llega cuando ese pueblo utiliza su libertad para tomar decisiones que otros preferirían evitar.
La oposición a la reunificación alemana dejó al descubierto una contradicción política que frecuentemente queda relegada en los relatos sobre el final de la Guerra Fría.