HISTORIA UNIVERSAL

¿Rusia sigue siendo comunista?

¿Rusia sigue siendo comunista? Putin frente a símbolos de la Unión Soviética y la Rusia actual

Todavía es frecuente escuchar que Rusia continúa siendo comunista o que, en el fondo, nunca dejó de serlo. La idea parece tener cierta lógica: Rusia fue el centro de la Unión Soviética, mantiene una relación conflictiva con Estados Unidos y la OTAN, conserva numerosos símbolos de la época soviética y Vladímir Putin perteneció a la KGB. Incluso hoy pueden verse estatuas de Lenin en muchas ciudades y la tumba del antiguo dirigente bolchevique continúa ocupando un lugar privilegiado junto al Kremlin, sin embargo, ninguna de esas cosas convierte a Rusia en un país comunista. Confundir a la Rusia actual con la Unión Soviética equivale a confundir la continuidad de una nación y de sus ambiciones geopolíticas con la continuidad de un sistema económico y político que desapareció hace más de tres décadas.

La Unión Soviética funcionaba sobre principios radicalmente diferentes. La mayor parte de los medios de producción pertenecía al Estado, las grandes industrias y los bancos estaban nacionalizados, buena parte de la agricultura estaba organizada mediante estructuras colectivas o estatales y la producción se decidía a través de una planificación centralizada. Una enorme burocracia determinaba qué debía producirse, cuánto debía producirse, a qué precios se venderían los productos y hacia dónde se dirigirían los recursos.

Aquel modelo económico estaba acompañado por un sistema político de partido único. El Partido Comunista de la Unión Soviética controlaba el Estado y el marxismo-leninismo constituía la doctrina oficial. No existía una competencia política real por el gobierno y la propiedad privada de grandes empresas era incompatible con la estructura económica soviética. Eso ya no existe en Rusia.

Hoy hay empresarios privados, bancos privados, compañías que compran y venden en el mercado, inversiones, acumulación particular de grandes fortunas y propiedad privada de los medios de producción. Rusia posee incluso multimillonarios que controlan enormes patrimonios. Puede discutirse hasta qué punto existe allí un mercado verdaderamente competitivo o cuánto depende el éxito empresarial de las relaciones con el poder político, pero ninguna de esas discusiones convierte ese sistema en comunista.

Para entender cómo se produjo una transformación tan radical hay que regresar a los últimos años de la Unión Soviética.

La URSS había conseguido resultados impresionantes en determinadas áreas. Se convirtió en una potencia industrial y militar, desempeñó un papel decisivo en la derrota de la Alemania nazi, desarrolló armas nucleares y protagonizó algunos de los mayores logros iniciales de la carrera espacial. El problema era que esos éxitos coexistían con enormes deficiencias económicas que fueron haciéndose cada vez más evidentes.

Una economía centralmente planificada debía intentar algo extraordinariamente difícil: decidir desde arriba qué necesitaban millones de personas y empresas. Eso significaba calcular cantidades, precios, materias primas, transporte, inversiones y necesidades futuras mediante decisiones administrativas. Cuando las previsiones eran equivocadas podían producirse excedentes de cosas poco necesarias mientras escaseaban otras que la población buscaba desesperadamente.

Durante los años ochenta, los problemas se hicieron cada vez más difíciles de ocultar. La productividad era baja, muchos sectores civiles estaban tecnológicamente rezagados respecto a Occidente y el gasto militar absorbía enormes recursos, mientras las deficiencias de abastecimiento continuaban afectando la vida cotidiana.

A esto se sumaba otro problema menos visible: una parte considerable de la población había dejado de creer realmente en el discurso oficial. Las consignas seguían repitiéndose, las ceremonias continuaban y la estructura política permanecía aparentemente intacta, pero cada vez existía una distancia mayor entre lo que se decía públicamente y lo que muchas personas pensaban en privado.

En 1985 llegó al poder Mijaíl Gorbachov. Con frecuencia se le atribuye la destrucción de la Unión Soviética, aunque su intención inicial era exactamente la contraria: reformarla para salvarla. Gorbachov no llegó al Kremlin decidido a restaurar el capitalismo, sino convencido de que el socialismo soviético necesitaba transformaciones profundas para sobrevivir.

De ahí surgieron dos palabras que terminaron identificando aquella época: perestroika y glasnost. La primera buscaba reestructurar la economía, introduciendo ciertos incentivos y espacios limitados para la iniciativa privada; la segunda permitió una apertura informativa y política mucho mayor, redujo parcialmente la censura y abrió la posibilidad de discutir asuntos que durante décadas habían permanecido silenciados.Y entonces ocurrió algo que probablemente Gorbachov no había previsto en toda su magnitud.

Cuando comenzaron a discutirse públicamente la represión estalinista, la corrupción, los fracasos económicos y las falsificaciones históricas, el Partido Comunista empezó a perder uno de sus principales instrumentos de control: el monopolio sobre la información. Al mismo tiempo, las reformas económicas debilitaban los mecanismos tradicionales de planificación sin que todavía existiera una verdadera economía de mercado capaz de sustituirlos. El resultado fue una combinación explosiva. El viejo sistema funcionaba cada vez peor, pero el nuevo todavía no existía.

También comenzaron a resurgir conflictos nacionales que durante décadas habían permanecido contenidos dentro de la estructura soviética. Las repúblicas bálticas reclamaron soberanía, otras repúblicas siguieron caminos semejantes y los movimientos independentistas adquirieron cada vez más fuerza. Mientras tanto, los gobiernos comunistas de Europa Oriental fueron cayendo uno detrás de otro y en noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín.

En agosto de 1991, sectores conservadores del aparato soviético intentaron un golpe de Estado para detener el proceso. Fracasaron y el resultado fue exactamente el contrario del que buscaban: el Partido Comunista quedó todavía más debilitado y Borís Yeltsin, presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, emergió como la principal figura política del momento. Cuatro meses después, la Unión Soviética dejó de existir.

En diciembre de 1991 desapareció formalmente un Estado que había existido desde 1922. Sus quince repúblicas se convirtieron en países independientes y Rusia quedó como principal sucesora internacional de la URSS, conservando buena parte del arsenal nuclear soviético y su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero heredar las armas nucleares de la Unión Soviética no significaba heredar su comunismo.

Con Yeltsin comenzó una transformación económica vertiginosa. Se liberalizaron los precios, se permitió ampliamente la propiedad privada, se abrió el comercio y enormes empresas que habían pertenecido al Estado fueron privatizadas. El objetivo era pasar rápidamente de una economía planificada a una economía de mercado. El problema fue la manera en que ocurrió.

Rusia no tenía instituciones suficientemente desarrolladas para realizar semejante transición de forma ordenada. Durante siete décadas prácticamente no había existido una verdadera cultura empresarial privada y tampoco existían tribunales, organismos reguladores y estructuras legales acostumbradas a proteger contratos y derechos de propiedad dentro de una economía capitalista. De pronto comenzaron a venderse activos gigantescos en medio de una estructura institucional extremadamente débil.

La inflación destruyó buena parte de los ahorros de millones de ciudadanos, numerosas empresas colapsaron, los salarios se retrasaban durante meses y la producción cayó de manera dramática. Para muchísimos rusos, los años noventa no fueron recordados como una época de liberación económica, sino como un periodo de inseguridad, empobrecimiento y caos. En medio de aquella transformación apareció uno de los fenómenos que marcaría profundamente la Rusia posterior: los oligarcas.

Un reducido grupo de empresarios consiguió controlar compañías petroleras, mineras, financieras, industriales y medios de comunicación que pocos años antes pertenecían al Estado. Algunas de aquellas fortunas surgieron mediante privatizaciones realizadas en condiciones extraordinariamente favorables para quienes tenían contactos políticos, información privilegiada o acceso al sistema financiero. Aquello era muchas cosas, pero comunismo no era una de ellas.

De hecho, representaba casi el extremo contrario: propiedades que durante décadas habían pertenecido formalmente al Estado terminaron concentradas en manos privadas y algunas personas acumularon fortunas gigantescas en muy poco tiempo. El problema no era que Rusia continuara siendo socialista, sino que había construido una forma particularmente caótica y oligárquica de capitalismo. Ese contexto ayuda a comprender la llegada de Vladímir Putin al poder.

Putin había sido oficial de la KGB, pero reducir toda su trayectoria posterior a ese dato conduce fácilmente a conclusiones equivocadas. Cuando comenzó a ascender políticamente durante los años noventa, la Unión Soviética ya había desaparecido y el Partido Comunista ya no controlaba el país. Putin terminó convirtiéndose en primer ministro en 1999 y asumió la presidencia después de la renuncia de Yeltsin al finalizar aquel año.

Su proyecto no consistió en restaurar la economía soviética. No volvió a prohibir la propiedad privada, no colectivizó la agricultura, no eliminó los mercados, no nacionalizó toda la industria ni restableció el monopolio político del Partido Comunista. Lo que hizo fue reconstruir un Estado central mucho más fuerte.

Durante los años de Yeltsin, algunos oligarcas habían adquirido suficiente poder económico y mediático como para influir directamente en la política. Putin modificó esa relación. Quienes aceptaron mantenerse dentro de determinadas reglas pudieron conservar enormes fortunas; quienes intentaron desafiar directamente al Kremlin podían encontrarse con consecuencias muy diferentes.

El caso de Mijaíl Jodorkovski fue probablemente el más emblemático. Era uno de los hombres más ricos de Rusia y controlaba la petrolera Yukos, pero comenzó a financiar organizaciones políticas y a adquirir una independencia que el Kremlin consideró peligrosa. Fue arrestado en 2003, condenado por delitos económicos y pasó años en prisión, mientras Yukos terminó desmantelada y buena parte de sus activos pasó a compañías vinculadas al Estado.

El mensaje era difícil de confundir: los grandes empresarios podían continuar siendo extraordinariamente ricos, pero el poder político pertenecía al Kremlin. Ese sistema suele describirse de diferentes maneras: capitalismo de Estado, capitalismo oligárquico, capitalismo autoritario o economía de mercado fuertemente intervenida. Ninguna etiqueta explica por sí sola toda la complejidad rusa, pero todas están mucho más cerca de la realidad que llamarla comunista.

En la Rusia actual existe propiedad privada y funcionan mercados, aunque el Estado conserva una presencia muy importante en sectores estratégicos como la energía, la defensa y las finanzas. Grandes compañías pueden estar controladas directamente por el gobierno o depender estrechamente de él, mientras empresarios privados operan dentro de un entorno donde las relaciones políticas pueden resultar decisivas. Eso se aleja considerablemente del liberalismo económico clásico, pero también se encuentra muy lejos del sistema soviético. La política ofrece otra diferencia fundamental.

El Partido Comunista de la Federación Rusa existe y participa en las elecciones. Precisamente ese hecho demuestra que ya no ocupa la posición que tenía su equivalente soviético: es un partido dentro del sistema, no el propietario del sistema. Puede obtener escaños, criticar determinadas políticas e incluso conservar una base electoral importante, pero no dirige el Estado ni establece la ideología oficial.

Putin tampoco se presenta como dirigente de una revolución proletaria mundial. Su discurso político utiliza conceptos muy diferentes: patriotismo, soberanía, estabilidad, grandeza nacional, valores tradicionales, poder militar y defensa de los intereses rusos. La identidad que intenta construir mira con frecuencia hacia la historia soviética, pero también hacia el Imperio ruso anterior a 1917 y ahí aparece una de las claves para entender la confusión.

Putin ha reivindicado determinados aspectos de la Unión Soviética, especialmente su victoria en la Segunda Guerra Mundial, su condición de superpotencia y su capacidad para proyectar poder, pero eso no significa que reivindique necesariamente su sistema económico. Incluso ha criticado decisiones tomadas por Lenin y otros dirigentes bolcheviques, particularmente en relación con la organización territorial de la URSS.

La nostalgia soviética que existe en una parte de la sociedad rusa tampoco significa necesariamente nostalgia por el comunismo. Para muchos rusos mayores, la desaparición de la URSS estuvo asociada con la pérdida de seguridad, prestigio internacional, estabilidad y posición geopolítica. Una persona puede echar de menos la época en que su país era una superpotencia sin desear necesariamente regresar a las granjas colectivas, las tiendas estatales y la planificación económica.

Hay además una continuidad histórica rusa mucho más antigua que el comunismo: la búsqueda de seguridad mediante la expansión territorial y la creación de zonas de influencia.

Rusia es un país gigantesco, pero gran parte de sus fronteras occidentales se encuentran sobre extensas llanuras con pocas barreras naturales. A lo largo de su historia sufrió invasiones procedentes de Europa, entre ellas las campañas de Napoleón y de la Alemania nazi. Esa experiencia contribuyó a desarrollar una concepción estratégica según la cual la seguridad rusa depende, en parte, de mantener distancia entre su núcleo territorial y posibles adversarios.

Esa lógica existía bajo los zares, continuó bajo los dirigentes soviéticos y sigue influyendo en la política exterior de la Federación Rusa. Cambiaron la bandera, la economía y la ideología, pero determinadas preocupaciones geopolíticas permanecieron.

Por eso interpretar cada conflicto entre Moscú y Washington como una continuación de la Guerra Fría conduce a errores. La rivalidad entre potencias no necesita comunismo. Gran Bretaña y Francia fueron rivales durante siglos siendo ambas monarquías y economías basadas en la propiedad privada; Alemania combatió contra otras potencias europeas sin necesidad de una confrontación entre capitalismo y socialismo, y Rusia puede enfrentarse actualmente con Estados Unidos por cuestiones de seguridad, territorio e influencia sin ser comunista.

La Rusia de Putin tampoco puede describirse correctamente como una democracia liberal occidental. El poder político está fuertemente centralizado, la oposición enfrenta importantes restricciones, el Estado ejerce un amplio control sobre los grandes medios de comunicación y las instituciones funcionan dentro de un sistema donde el Kremlin posee enormes ventajas. Pero autoritarismo y comunismo no son sinónimos. Un país puede ser autoritario y capitalista, democrático y capitalista, autoritario y socialista o adoptar combinaciones mucho más complejas. Definir un sistema político únicamente por el grado de libertad que existe dentro de él no explica quién posee las empresas, cómo se asignan los recursos o cuál es la ideología económica dominante.

La Rusia actual conserva símbolos soviéticos, utiliza parte de la memoria histórica de la URSS y está gobernada por un hombre que hizo carrera dentro de una de sus instituciones más importantes. También mantiene ambiciones de gran potencia que recuerdan tanto al periodo soviético como a épocas mucho anteriores. Sin embargo, Rusia no sigue siendo comunista.

La economía planificada desapareció, la propiedad privada fue restaurada, existen grandes fortunas particulares, funcionan empresas privadas y el Partido Comunista dejó de controlar el Estado. Lo que surgió después de 1991 no fue una democracia liberal plenamente consolidada ni un capitalismo semejante al de los países occidentales, sino un sistema propio que con el tiempo evolucionó hacia una economía capitalista fuertemente vinculada al poder estatal y un régimen político cada vez más centralizado.

Quizá la mejor manera de entender a la Rusia contemporánea sea precisamente dejar de buscar la Unión Soviética detrás de cada una de sus decisiones. El comunismo explica una parte fundamental de su historia y dejó huellas profundas en sus instituciones, su sociedad y su memoria colectiva, pero la política exterior rusa, su autoritarismo y su enfrentamiento con Occidente no nacieron exclusivamente con Lenin ni desaparecieron con Gorbachov.

Rusia cambió de sistema sin dejar de ser Rusia. Y esa diferencia, aunque parezca evidente, explica mucho más sobre el país actual que la idea de que la Unión Soviética simplemente cambió de bandera.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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