Cuba en la revolución

El secuestro de José Martí

Hay muchas maneras de falsificar a un hombre muerto. No hace falta negar lo que dijo ni inventarle frases que jamás pronunció. A veces basta con seleccionar cuidadosamente sus palabras, repetir durante décadas aquellas que resultan útiles, guardar silencio sobre las incómodas y colocar su retrato detrás del poder. Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió con José Martí después de 1959. La Revolución cubana no se limitó a venerarlo como héroe nacional ni a reconocer su papel extraordinario en la independencia de Cuba. Lo convirtió en legitimación moral de su propio proyecto político, hasta presentar el castrismo como la continuación natural del pensamiento martiano. El problema aparece cuando se abandona la consigna, se retira a Martí de la vitrina oficial y se vuelve a leer lo que realmente escribió. Entonces las coincidencias empiezan a parecer mucho menos evidentes y las contradicciones, mucho más profundas.

La apropiación comenzó incluso antes del triunfo revolucionario. Durante el juicio por el asalto al cuartel Moncada, Fidel Castro presentó a José Martí como el “autor intelectual” de aquella acción armada. La frase fue políticamente brillante porque establecía una conexión directa entre la figura más respetada de la historia republicana cubana y el movimiento encabezado por Fidel. Una cosa era decir que Martí lo había inspirado, algo perfectamente legítimo; otra muy diferente era incorporarlo simbólicamente a una acción ocurrida casi sesenta años después de su muerte. A partir de ahí, Fidel dejaba de aparecer simplemente como un joven revolucionario con un proyecto propio y comenzaba a presentarse como continuador de una misión histórica iniciada por Martí. La diferencia no era pequeña: si la revolución representaba la continuidad de Martí, oponerse a ella podía terminar pareciendo una forma de oponerse también al Apóstol.

La operación resultaba especialmente eficaz porque Martí ocupaba ya un lugar casi sagrado en la cultura cubana. Su figura estaba asociada a la independencia, al sacrificio, a la dignidad nacional y a una concepción moralmente elevada de la política. No era necesario convencer a los cubanos de que Martí había sido un gran hombre; eso estaba profundamente arraigado mucho antes de 1959. Bastaba con convencerlos de que la nueva revolución era martiana y que Fidel constituía el siguiente capítulo de aquella historia. De esa manera, un movimiento político concreto podía apropiarse de una autoridad moral que pertenecía a toda la nación.

Pero para determinar hasta qué punto Fidel podía considerarse heredero de Martí hay que mirar a Martí sin la vitrina castrista. Y allí aparece un pensador republicano, anticolonial, profundamente preocupado por la soberanía de Cuba, pero también por la libertad y la dignidad individual. Martí quería una república, y para él una república no consistía simplemente en disponer de bandera, himno, ejército y gobierno propios. La independencia carecía de sentido si después de expulsar al poder extranjero se construía una nueva forma de dominación dentro del país. Su proyecto implicaba crear una sociedad en la que el ciudadano no cambiara simplemente de amo.

Esa preocupación aparece claramente en Nuestra América. Martí advertía contra la tendencia latinoamericana a importar fórmulas políticas ajenas y construir instituciones aparentemente republicanas sobre sociedades que conservaban todavía la mentalidad de la colonia. Su conocida afirmación de que “la colonia continuó viviendo en la república” no era un recurso literario. Señalaba el peligro de alcanzar formalmente la independencia mientras permanecían intactos mecanismos de obediencia, autoritarismo y subordinación. Para Martí, una república no podía limitarse a cambiar los nombres de las instituciones mientras el individuo continuaba sometido a un poder que decidía por él.

Es difícil no encontrar una contradicción cuando esa idea se compara con la evolución de la Revolución cubana. Fidel llegó al poder después de combatir una dictadura y prometiendo recuperar las libertades destruidas por Fulgencio Batista, pero el nuevo gobierno terminó concentrando progresivamente el poder, eliminando el pluralismo político y extendiendo el control estatal sobre prácticamente toda la vida nacional. Cuba consiguió conservar formalmente su soberanía, pero quedó profundamente integrada en el bloque soviético y dependió durante décadas de la Unión Soviética en aspectos económicos, militares y estratégicos. No fue una colonia soviética en el sentido jurídico del término, pero tampoco puede ignorarse la enorme dependencia que llegó a existir. Para un hombre como Martí, obsesionado con la independencia real de Cuba frente a cualquier gran potencia, aquella relación habría planteado preguntas inevitables.

Aquí aparece otro Martí que el discurso oficial presentó con frecuencia de manera simplificada: el Martí que observaba a Estados Unidos. Su carta inconclusa a Manuel Mercado, escrita el 18 de mayo de 1895, un día antes de morir, contiene su célebre preocupación por impedir que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera con mayor fuerza sobre los pueblos de América. La frase ha sido utilizada innumerables veces para construir la imagen de un Martí esencialmente antiestadounidense. Sin embargo, su relación intelectual con Estados Unidos fue bastante más compleja. Vivió durante años en ese país, conoció su sociedad desde dentro y fue capaz de admirar su energía económica, su capacidad de asociación y determinadas características de su vida pública mientras denunciaba simultáneamente el racismo, el materialismo, el expansionismo y la arrogancia de una potencia creciente.

En Vindicación de Cuba, Martí respondió precisamente a quienes desde la prensa estadounidense presentaban a los cubanos como incapaces de gobernarse. Su rechazo a la anexión no provenía de un odio elemental hacia Estados Unidos, sino de algo mucho más profundo: la convicción de que Cuba debía ser una nación libre y digna, capaz de gobernarse a sí misma sin aceptar la tutela de nadie. Podía admirar aspectos de la sociedad norteamericana y, al mismo tiempo, desconfiar de sus ambiciones imperiales. Esa capacidad de mirar una realidad desde más de un ángulo contrasta con el discurso político posterior, en el que Estados Unidos terminó convertido en el enemigo alrededor del cual se organizó buena parte de la legitimidad del régimen cubano.

Durante décadas, la confrontación con Washington permitió presentar prácticamente cualquier conflicto interno como parte de una batalla mayor contra el imperialismo. La patria se convirtió en una trinchera y, dentro de una trinchera, resulta mucho más difícil distinguir entre adversario político y enemigo. Quien cuestionaba al gobierno podía ser presentado no simplemente como un cubano con una opinión diferente, sino como alguien que favorecía al adversario externo. De esa forma, una preocupación martiana legítima —la defensa de la soberanía nacional— terminó sirviendo para justificar un sistema en el que la soberanía individual del ciudadano quedaba extraordinariamente limitada.

La relación de Martí con Karl Marx ofrece otra comparación interesante. Cuando Marx murió, Martí escribió sobre él con respeto. Reconoció su preocupación por los débiles y valoró su denuncia de la injusticia. Pero su elogio estuvo acompañado inmediatamente por una advertencia que resulta difícil pasar por alto. Martí sostuvo que no bastaba con señalar el daño y desear remediarlo, sino que era necesario encontrar un remedio que no produjera males todavía mayores. Y escribió una frase especialmente reveladora: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”. Allí aparece una distancia evidente frente a cualquier doctrina que convierta el enfrentamiento entre grupos sociales en instrumento fundamental de transformación política.

Martí podía ponerse del lado del débil sin convertir al fuerte en un enemigo que debía ser destruido. Podía denunciar la explotación sin hacer de la lucha de clases el principio organizador de la sociedad. Su preocupación social era profunda, pero también lo era su rechazo al odio como mecanismo político. Esa diferencia adquiere una importancia enorme cuando se compara con un sistema que terminó dividiendo moralmente a la sociedad cubana entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, patriotas y traidores, compañeros y enemigos. Cuando esas categorías dejan de ser simples diferencias políticas y se convierten en juicios morales sobre las personas, la discrepancia deja de ser legítima. El adversario ya no es alguien con quien se debate, sino alguien de quien hay que defender a la Revolución.

Martí pensaba, en cambio, en una república de ciudadanos. Es cierto que fundó un partido, el Partido Revolucionario Cubano, pero aquel partido tenía un propósito histórico concreto: organizar la lucha por la independencia de Cuba y preparar las condiciones para fundar una república. No fue concebido como una estructura destinada a gobernar eternamente ni a absorber al Estado, la prensa, la educación, la economía y la sociedad. Era un instrumento para alcanzar la independencia, no una organización destinada a administrar indefinidamente la vida de los cubanos. Esa diferencia resulta fundamental cuando se compara con el Partido Comunista construido posteriormente como fuerza política única y colocado constitucionalmente por encima del pluralismo político.

El sistema surgido de la Revolución terminó fusionando progresivamente Estado, partido, ejército y proyecto revolucionario. La patria y la Revolución comenzaron también a presentarse como realidades prácticamente inseparables. Ese proceso tenía una consecuencia poderosa: oponerse al gobierno podía interpretarse como oponerse a la Revolución, y oponerse a la Revolución podía terminar presentado como una traición a Cuba. Cuando además Martí era incorporado a esa cadena simbólica, la legitimidad histórica quedaba cerrada casi perfectamente: Martí conducía a la Revolución, la Revolución conducía a Fidel y Fidel aparecía finalmente como expresión del destino nacional.

La proclamación del carácter socialista de la Revolución y la posterior declaración de Fidel como marxista-leninista hicieron todavía más difícil mantener aquella continuidad sin contradicciones. El marxismo-leninismo no era simplemente una preocupación por los pobres ni una política de redistribución económica. Era una doctrina política concreta, desarrollada fuera de Cuba, basada en el partido de vanguardia, la centralización del poder, la economía dirigida y una concepción de la historia en la que los intereses individuales debían quedar subordinados a un proyecto colectivo definido por el partido. Resulta difícil encontrar en la obra de Martí una justificación para semejante sistema.

Y aquí aparece quizá la paradoja central de toda esta historia. Martí había advertido contra la importación mecánica de fórmulas extranjeras, pero el Estado que se proclamó heredero de su pensamiento terminó adoptando una doctrina nacida en Europa, desarrollada políticamente en Rusia y convertida en sistema de poder por la Unión Soviética. Al mismo tiempo, la alianza con Moscú llegó a ser tan profunda que Cuba terminó dependiendo de la ayuda soviética para sostener buena parte de su economía. Martí había dedicado su vida a impedir que la independencia cubana terminara bajo la sombra de una potencia extranjera; décadas después, su imagen presidía actos de un Estado estrechamente vinculado a otra gran potencia.

Nada de esto significa que Martí y Fidel no pudieran coincidir en determinados asuntos. Martí habría condenado probablemente la dictadura de Batista, la corrupción y la subordinación de Cuba a intereses extranjeros. También habría compartido la defensa de la soberanía nacional y la preocupación por las enormes desigualdades sociales que existían en el país. El problema no está en esas coincidencias, sino en pretender que conducían necesariamente al sistema político creado después de 1959. Entre denunciar una dictadura y establecer un partido único existe una distancia enorme. Entre defender la justicia social y entregar al Estado el control de prácticamente toda la economía existe otra. Y entre reclamar independencia nacional y exigir obediencia política al ciudadano existe quizá la mayor de todas.

Por eso el castrismo necesitaba algo más que citar a Martí: necesitaba incorporarlo a su propia genealogía. Marx podía ofrecer una doctrina, Lenin un modelo de organización y la Unión Soviética apoyo económico y militar, pero ninguno de ellos podía proporcionar lo que Martí representaba para los cubanos. Martí era la infancia, la escuela, la independencia, la rosa blanca, Dos Ríos, el sacrificio y la dignidad nacional. Era Cuba convertida en símbolo. Si el socialismo podía presentarse como culminación de Martí, dejaba de parecer una ideología extranjera y comenzaba a adquirir la apariencia de destino histórico.

El problema es que para conseguirlo era necesario seleccionar a Martí. Había que destacar determinadas frases y dejar otras en segundo plano; insistir en su antimperialismo y hablar mucho menos de su preocupación por el poder; recordar al revolucionario y reducir la presencia del republicano; presentar al hombre que luchó por la independencia sin detenerse demasiado en la república que pretendía construir después de alcanzarla. No era necesario inventar un Martí completamente falso. Bastaba con construir un Martí incompleto.

Esa es quizá la forma más eficaz de apropiarse de una figura histórica. Una falsificación evidente puede ser desmontada fácilmente. Una selección cuidadosamente elaborada resulta mucho más resistente porque cada frase utilizada es auténtica. El problema está en todo lo que se deja fuera. De esa manera, Martí terminó convertido en busto, consigna, mural, cita escolar y argumento de autoridad. Su imagen estaba en todas partes, pero la complejidad de su pensamiento aparecía mucho menos.

De ahí surge la idea del secuestro. José Martí no podía responder cuando Fidel lo proclamaba autor intelectual del Moncada. No podía explicar qué pensaba del partido único, de la censura, de la subordinación a la Unión Soviética o de un Estado capaz de controlar amplios espacios de la vida económica, cultural y política. Tampoco podía aceptar ni rechazar que una revolución ocurrida más de medio siglo después de su muerte hablara permanentemente en su nombre. El muerto estaba disponible para ser interpretado; el poder tenía los micrófonos.

Podemos preguntarnos entonces qué habría ocurrido si Martí y Fidel hubieran coincidido en el tiempo. La respuesta pertenece necesariamente al terreno de la especulación, pero conocemos suficiente del pensamiento martiano para señalar las contradicciones. Martí pudo haber acompañado inicialmente una lucha contra Batista. Probablemente habría comprendido muchas de las razones que llevaron a miles de cubanos a apoyar la Revolución. Pero resulta mucho más difícil imaginarlo aceptando que la república prometida fuera sustituida por un sistema sin pluralismo político, que la prensa quedara sometida al Estado o que disentir públicamente pudiera convertir a un ciudadano en enemigo de la Revolución.

Un Martí vivo habría sido mucho más incómodo que el Martí de mármol. Habría preguntado por la república, por los límites del poder y por la libertad del ciudadano. Habría querido saber por qué una revolución realizada en nombre de la libertad necesitaba restringirla para sobrevivir. Habría preguntado por qué la independencia de Cuba exigía que los cubanos dependieran políticamente de un único partido. Y probablemente habría rechazado que la patria fuera confundida con un gobierno determinado, porque una nación pertenece también a quienes discrepan de quienes la gobiernan.

Tal vez por eso los caudillos suelen llevarse mejor con los héroes muertos que con los pensadores vivos. El muerto puede convertirse en estatua; el vivo hace preguntas. El muerto puede aparecer detrás de una tribuna sin interrumpir el discurso; el vivo puede levantarse de la silla y decir que no está de acuerdo. El muerto puede ser citado durante sesenta años. El vivo conserva la peligrosa costumbre de hablar por sí mismo.

Ahí se encuentra la gran ironía de la apropiación castrista de Martí. Fidel recurrió constantemente a él porque necesitaba su inmensa autoridad moral, pero al hacerlo dejó abierta inevitablemente la comparación. Y cuanto más se comparan ambos proyectos, más difícil resulta presentar uno como continuación natural del otro. Martí dedicó su vida a la independencia y murió intentando abrir el camino hacia una república. Fidel llegó al poder prometiendo recuperar aquella república y terminó construyendo un sistema personalista que posteriormente se definió como marxista-leninista y concentró el poder político durante décadas.

Por eso decir que Martí fue el “autor intelectual” del castrismo exige mucho más que repetir una frase pronunciada durante el juicio del Moncada. Exigiría demostrar que la Cuba construida después de 1959 se parecía realmente a la Cuba política que Martí imaginaba. Y ahí es donde la afirmación comienza a desmoronarse. Martí puede haber inspirado la lucha contra una dictadura, el nacionalismo revolucionario o la defensa de la soberanía cubana. De ahí no se desprende que hubiera inspirado el partido único, la censura, la centralización económica o la subordinación del individuo al Estado.

Martí no fue el autor intelectual del castrismo. Fue algo mucho más útil para el castrismo: su símbolo nacional más poderoso y, precisamente por eso, su rehén histórico más ilustre. Su pensamiento fue seleccionado, administrado e incorporado a un relato político que necesitaba demostrar que la Revolución no era simplemente una revolución, sino la culminación de toda la historia anterior de Cuba.

Rescatar a Martí de esa apropiación no significa secuestrarlo ahora desde la posición contraria. Convertirlo en libertario, conservador, socialdemócrata o militante de cualquier ideología contemporánea sería repetir el mismo procedimiento con otra bandera. Martí pertenece a su época, a sus circunstancias y, sobre todo, a la complejidad de su propio pensamiento. No necesita convertirse en santo de ninguna capilla política.

Lo que necesita es algo mucho más sencillo: que lo dejemos hablar completo.

Porque una nación no honra a sus grandes figuras utilizando sus muertos para legitimar a quienes gobiernan a los vivos. Las honra leyendo lo que realmente pensaron, incluso cuando resulta incómodo para nuestras propias ideas. Y quizá la mejor manera de devolver a José Martí al lugar que le corresponde sea sacarlo definitivamente de todos los altares políticos y devolverlo a donde siempre quiso colocar al ser humano: en la conciencia libre del ciudadano.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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