China abandona a Marx no de manera oficial ni en sus discursos, pero sí en una parte fundamental de su economía. Durante décadas, el país fue presentado como uno de los grandes experimentos comunistas de la historia. Mao Zedong había llevado al Partido Comunista al poder en 1949 y emprendió una transformación radical: colectivización de la tierra, desaparición progresiva de la empresa privada, planificación central y control estatal sobre prácticamente todos los sectores importantes. Si alguien quería observar cómo funcionaban las ideas económicas marxistas llevadas a una escala gigantesca, China ofrecía un escenario difícil de superar.
Sin embargo, la China que hoy compite económicamente con Estados Unidos, fabrica buena parte de los productos que consume el planeta, recibe enormes inversiones extranjeras y posee algunas de las mayores empresas y fortunas privadas del mundo se parece muy poco a aquella China. Algo fundamental ocurrió entre ambas y precisamente ahí se encuentra la clave para entender una aparente contradicción: ¿cómo puede un país gobernado por un Partido Comunista haberse convertido en una de las mayores potencias económicas del planeta?
La pregunta es especialmente interesante porque China aparece constantemente en las discusiones sobre los resultados económicos del socialismo. Cuando se mencionan los problemas de la planificación central, inevitablemente alguien responde: ¿y China? Si el socialismo no funciona, ¿cómo se explica su crecimiento? La objeción parece contundente hasta que se observa la historia completa, porque el extraordinario desarrollo chino no comenzó cuando el país profundizó las políticas económicas de Mao, sino cuando empezó a desmontar algunas de ellas.
Conviene establecer primero una diferencia importante: el poder de un Estado y la prosperidad de su economía no son necesariamente la misma cosa. Un país puede disponer de un ejército gigantesco, armas nucleares, misiles, un programa espacial y una enorme influencia internacional mientras una parte considerable de su población vive en condiciones muy precarias. La capacidad de un gobierno para concentrar recursos en determinados objetivos demuestra precisamente eso, capacidad para concentrar recursos, pero no necesariamente que el sistema económico produzca bienestar de manera eficiente.
La Unión Soviética llegó a competir militarmente con Estados Unidos y colocó al primer ser humano en el espacio, aunque durante buena parte de su historia padeció graves problemas de abastecimiento. Cuba llegó a mantener un aparato militar desproporcionadamente grande para el tamaño de su economía y envió decenas de miles de soldados al extranjero mientras su población continuaba dependiendo de un sistema de racionamiento para numerosos productos básicos. Por eso, para juzgar el funcionamiento de una economía resulta más útil preguntarse cuánto produce, qué capacidad tiene para innovar, cómo evoluciona su productividad y, sobre todo, si sus habitantes pueden mejorar progresivamente sus condiciones de vida.
Cuando Mao Zedong llegó al poder en 1949 encontró un país devastado. China había sufrido décadas de conflictos internos, guerra civil e invasión japonesa, por lo que sería absurdo atribuir toda la pobreza existente entonces al nuevo gobierno. La cuestión importante es qué políticas aplicó el régimen comunista para superar aquella situación y cuáles fueron sus resultados.
Mao consideraba que la propiedad privada de los medios de producción constituía una de las causas fundamentales de la explotación, por lo que la solución consistía en sustituir progresivamente las decisiones económicas particulares por una organización colectiva dirigida desde el Estado. La tierra fue colectivizada, las empresas privadas fueron desapareciendo y el Partido Comunista adquirió un control extraordinario sobre la actividad económica.
El cambio tenía consecuencias enormes. En lugar de millones de agricultores, comerciantes y productores tomando decisiones según las circunstancias particulares que conocían, una estructura burocrática debía establecer las prioridades económicas de una nación de cientos de millones de habitantes. Ese es precisamente uno de los grandes problemas de cualquier economía centralmente planificada: la cantidad de información que debe manejar.
Imaginemos que un gobierno decidiera administrar todos los restaurantes, panaderías y comercios de alimentos de un país. Alguien tendría que calcular cuánta carne consumirán los habitantes de una ciudad, cuánto pan necesitará otra, cuántos tomates deberán enviarse a determinada región y cuánto arroz habrá que almacenar para el mes siguiente. Ahora multipliquemos ese problema por millones de productos, fábricas, materias primas, trabajadores y consumidores. El desafío no consiste únicamente en disponer de funcionarios suficientemente inteligentes, porque la información necesaria se encuentra dispersa entre millones de personas y, además, cambia constantemente.
Mao estaba convencido, sin embargo, de que una planificación todavía más ambiciosa permitiría acelerar el desarrollo del país, y de aquella convicción nació el Gran Salto Adelante.
A finales de los años cincuenta, el gobierno chino intentó industrializar China a una velocidad extraordinaria. Millones de campesinos fueron integrados en grandes comunas y se establecieron objetivos de producción enormemente ambiciosos. El acero se convirtió en una obsesión porque su producción era considerada un indicador fundamental del desarrollo industrial.
Como China carecía de suficiente infraestructura para alcanzar las cuotas fijadas, comenzaron a construirse pequeños hornos en pueblos, escuelas y comunidades. Familias enteras entregaron herramientas, utensilios domésticos e incluso instrumentos agrícolas para fundirlos y producir metal. El resultado fue desastroso: una gran cantidad de aquel acero tenía tan poca calidad que prácticamente carecía de utilidad y, peor aún, recursos y trabajadores que podían haber estado produciendo alimentos fueron desviados hacia aquella campaña.
Entonces apareció otro problema característico de los sistemas donde decirle la verdad al poder puede resultar peligroso. Los funcionarios locales tenían incentivos para informar que las metas se estaban cumpliendo aunque no fuera cierto, de manera que las cifras de las cosechas comenzaron a inflarse y el gobierno central recibió informes que describían una abundancia inexistente. Si Pekín creía que una región producía mucho más alimento del que realmente producía, podía requisar cantidades calculadas sobre aquella producción ficticia y dejar a la población local con reservas insuficientes.
Entre 1959 y 1961 China sufrió una hambruna gigantesca. Las estimaciones sobre el número de fallecidos varían considerablemente según las investigaciones y los criterios utilizados, pero hablamos de decenas de millones de muertes. Las políticas del Gran Salto Adelante, las requisas, la desorganización de la producción y la falsificación de información desempeñaron un papel central en aquella tragedia.
Aquí aparece una paradoja difícil de ignorar: el periodo en que China llevó más lejos la colectivización y la planificación económica no produjo el llamado milagro chino, sino una de las mayores catástrofes de su historia contemporánea.
Mao permaneció como figura central del régimen hasta su muerte en 1976 y China seguía siendo entonces un país extremadamente pobre. No era todavía la gran fábrica del planeta, no poseía las empresas tecnológicas que conocemos actualmente y estaba muy lejos de disputar a Estados Unidos el liderazgo económico mundial. La gran transformación vendría después, cuando Deng Xiaoping emergió progresivamente como la figura dominante de una nueva etapa.
Deng no necesitó declarar que Marx estaba equivocado ni anunciar que China abandonaría oficialmente el socialismo. Hacer algo semejante habría significado cuestionar la legitimidad del propio Partido Comunista. Hizo algo políticamente mucho más inteligente: cambió las reglas sin cambiar necesariamente el vocabulario.
Una frase tradicionalmente asociada con Deng resume perfectamente aquel pragmatismo: no importaba si el gato era blanco o negro mientras cazara ratones. La idea era sencilla: el resultado importaba más que la pureza ideológica. A partir de entonces, China comenzó a permitir cosas que unas décadas antes habrían sido denunciadas como inequívocamente capitalistas.
Uno de los primeros grandes cambios ocurrió en la agricultura. Las reformas fueron desmontando el rígido sistema de comunas y otorgaron a las familias campesinas una capacidad mucho mayor para decidir sobre su producción. Una vez cumplidas determinadas obligaciones, podían beneficiarse directamente de los excedentes que producían, por lo que trabajar más y producir más podía significar también mejorar la alimentación, la vivienda y las perspectivas de la propia familia.
Los resultados fueron importantes. La producción agrícola aumentó y las reformas comenzaron a extenderse hacia otras áreas de la economía. Aparecieron negocios privados, se abrió espacio a la inversión extranjera y se crearon las Zonas Económicas Especiales, lugares donde China ofrecía condiciones diferentes para atraer capital, tecnología y empresas procedentes del exterior. Shenzhen terminaría convirtiéndose en el símbolo más espectacular de aquella transformación.
La lista resulta paradójica: propiedad privada, inversión extranjera, beneficios empresariales, competencia, acumulación de capital y empresarios, conceptos que difícilmente pueden considerarse parte del programa económico marxista clásico.
La transformación tampoco ocurrió de un día para otro. China no despertó una mañana convertida en una economía capitalista. Las reformas fueron graduales, experimentales y, en ocasiones, contradictorias; el Estado conservó enormes empresas, siguió controlando sectores estratégicos y mantuvo una capacidad de intervención que habría resultado impensable en una economía liberal. Sin embargo, la dirección del cambio resulta difícil de discutir: cuando China comenzó a crecer aceleradamente, no estaba eliminando espacios de propiedad privada, sino permitiéndolos; no estaba cerrándose al capital extranjero, sino atrayéndolo; no estaba suprimiendo los incentivos económicos individuales, sino utilizándolos.
Millones de personas respondieron a esas nuevas condiciones. Campesinos aumentaron su producción, aparecieron pequeños negocios, llegaron empresas extranjeras, se construyeron fábricas y enormes cantidades de trabajadores abandonaron progresivamente el campo para incorporarse a las nuevas zonas industriales. Durante las décadas siguientes, China experimentó una transformación económica y social extraordinaria.
Esto plantea una pregunta incómoda para quienes utilizan el crecimiento chino como demostración de la superioridad económica del marxismo: ¿qué políticas produjeron realmente ese crecimiento? Si hubieran sido la colectivización, la eliminación de la propiedad privada y una planificación cada vez más centralizada, el argumento sería poderoso, pero ocurrió esencialmente lo contrario.
Ahora bien, afirmar esto no significa que China se haya convertido en una economía liberal semejante a Suiza o Singapur, porque sería sustituir una simplificación por otra. El Partido Comunista nunca abandonó el poder político. China permitió mercados sin permitir una verdadera competencia por el gobierno, permitió empresarios sin aceptar que esos empresarios pudieran transformarse en un poder político independiente y permitió enormes fortunas privadas mientras conservaba empresas estatales gigantescas y el control de sectores considerados estratégicos.
De ahí que el modelo chino haya recibido diferentes nombres. El gobierno habla oficialmente de socialismo con características chinas y de una economía socialista de mercado, mientras numerosos analistas utilizan conceptos como capitalismo de Estado para describir determinados aspectos del sistema. Las etiquetas pueden discutirse interminablemente; los hechos resultan bastante más interesantes.
En China pueden existir empresas privadas extraordinariamente grandes y personas inmensamente ricas, pero ninguna fortuna garantiza independencia frente al Partido Comunista. El caso de Jack Ma resulta particularmente revelador.
El fundador de Alibaba, convertido durante años en el empresario chino más conocido internacionalmente, criticó públicamente en 2020 determinados aspectos de la regulación financiera del país. Poco después, las autoridades suspendieron la gigantesca salida a bolsa de Ant Group. Jack Ma redujo drásticamente su presencia pública durante un tiempo, Alibaba recibió posteriormente una enorme sanción antimonopolio y el sector tecnológico chino entró en una etapa de fuerte presión regulatoria.
El episodio mostró con bastante claridad los límites del modelo. En China se puede crear una empresa, obtener beneficios, convertirse en multimillonario e incluso construir una compañía conocida en todo el planeta, pero eso no significa adquirir un poder capaz de competir con el Partido. La liberalización económica nunca estuvo acompañada por una liberalización política equivalente, porque el Partido Comunista utilizó mecanismos de mercado para generar crecimiento sin renunciar al monopolio político.
Por eso resulta tan difícil colocar a China dentro de una categoría sencilla. Decir que mantiene una economía marxista clásica ignora la enorme presencia de propiedad privada, empresas, inversión, mercados y beneficios, mientras decir que es simplemente una economía capitalista liberal ignora el peso extraordinario del Estado, las empresas públicas, la planificación estratégica y, sobre todo, la supremacía política del Partido Comunista.
China construyó, por tanto, un sistema híbrido, aunque ese carácter híbrido no elimina la cuestión histórica fundamental: las reformas que permitieron el gran despegue económico se alejaron de elementos centrales del modelo aplicado durante la época de Mao.
La transformación fue tan profunda que produjo una de las mayores contradicciones visuales de nuestro tiempo. En un país cuyo gobierno continúa colocando el retrato de Mao en lugares de enorme significado político pueden existir multimillonarios, bolsas de valores, gigantes tecnológicos, especulación inmobiliaria, inversión extranjera y corporaciones privadas compitiendo por consumidores. Marx continúa presente en el discurso oficial, pero el mercado está presente en la vida económica cotidiana.
China tampoco constituye un caso completamente aislado. Vietnam, gobernado igualmente por un Partido Comunista, inició desde 1986 las reformas conocidas como Đổi Mới, incorporando mecanismos de mercado y abriéndose progresivamente a la inversión y a la empresa privada. Laos emprendió transformaciones similares. En cada caso las particularidades son diferentes, pero existe una coincidencia llamativa: cuando esos gobiernos buscaron aumentar la productividad y superar el estancamiento, introdujeron más mecanismos de mercado, no menos.
Esto no significa que todo el crecimiento económico chino pueda explicarse únicamente por privatizar o liberalizar. China contó también con una enorme población, altas tasas de ahorro e inversión, grandes proyectos de infraestructura, acceso creciente a los mercados internacionales, transferencia tecnológica, estabilidad política y una extraordinaria capacidad estatal para concentrar recursos. Precisamente por eso reducir toda la experiencia china a una victoria sencilla del capitalismo sería tan poco serio como presentarla como una victoria indiscutible del socialismo.
Hay, sin embargo, una secuencia histórica que no debería desaparecer bajo las etiquetas. Primero existió una China profundamente colectivizada, con una economía sometida a una planificación extraordinariamente rígida; después comenzaron las reformas agrícolas, la apertura a la inversión extranjera, los incentivos individuales, los negocios privados, las zonas económicas especiales y una utilización cada vez mayor de mecanismos de mercado. Fue durante esa segunda etapa cuando ocurrió el gran despegue.
Por eso quizá la pregunta más interesante no sea simplemente si China es socialista o capitalista, porque una discusión basada exclusivamente en etiquetas puede prolongarse indefinidamente dependiendo de cómo cada persona defina esos términos. La pregunta más reveladora es qué tuvo que cambiar China para prosperar.
Tuvo que permitir que los agricultores se beneficiaran de producir más, aceptar empresas privadas, recibir inversión extranjera y admitir beneficios, acumulación de capital, competencia y mercados. En definitiva, tuvo que reconocer en la práctica que millones de personas tomando decisiones económicas poseen una cantidad de información que ninguna oficina de planificación puede reunir completamente.
El Partido Comunista sobrevivió y también lo hizo su monopolio político; Mao continúa presente en los retratos y Marx permanece en la doctrina oficial, pero una parte fundamental del modelo económico que ambos representaron dejó de determinar el funcionamiento cotidiano de la economía china.
Por eso, decir que China abandona a Marx no significa afirmar que el Partido Comunista Chino haya renunciado oficialmente al marxismo ni que China sea hoy una economía completamente libre. Significa algo mucho más concreto: cuando llegó el momento de elegir entre conservar intactos determinados principios económicos de la ortodoxia marxista o introducir mecanismos que permitieran producir riqueza, el gobierno chino eligió el pragmatismo.
La gran ironía es que China continúa siendo utilizada como demostración del éxito económico del socialismo cuando buena parte de su espectacular transformación comenzó precisamente al permitir muchas de las cosas que el socialismo de Mao había eliminado. Quizá por eso el caso chino resulte tan interesante: no demuestra que una etiqueta haya derrotado definitivamente a otra, pero sí deja una lección histórica difícil de ignorar: cuando la realidad económica chocó con la ortodoxia, China decidió cambiar la ortodoxia.