Cuba en la revolución

Osvaldo Dorticós, el presidente olvidado de Cuba

Osvaldo Dorticós, presidente de Cuba entre 1959 y 1976

Durante casi diecisiete años, Cuba tuvo oficialmente un presidente que no se llamaba Fidel Castro. Se llamaba Osvaldo Dorticós Torrado y ocupó la presidencia de la República desde julio de 1959 hasta diciembre de 1976, un periodo que abarcó algunos de los acontecimientos más importantes de la Revolución cubana: la ruptura con Estados Unidos, la invasión de Bahía de Cochinos, la Crisis de los Misiles, la proclamación del carácter socialista de la Revolución, la consolidación del Partido Comunista y la creciente alianza con la Unión Soviética. Sin embargo, su nombre ocupa hoy un lugar sorprendentemente pequeño en la memoria colectiva cubana.

La razón resulta evidente cuando se observa cómo funcionaba realmente el poder. Dorticós era el presidente, firmaba leyes, representaba al Estado y cumplía funciones institucionales, pero nadie dudaba de que Fidel Castro era la figura central del país. Desde febrero de 1959, Fidel ocupaba el cargo de primer ministro y concentraba una autoridad política muy superior a la que sugería formalmente su puesto, por eso la presidencia de Dorticós constituye un ejemplo particularmente interesante de la diferencia que puede existir entre el poder establecido en los cargos oficiales y el poder ejercido en la práctica.

Osvaldo Dorticós Torrado nació en Cienfuegos el 17 de abril de 1919, dentro de una familia acomodada. Estudió Derecho en la Universidad de La Habana y desarrolló una destacada carrera jurídica, llegando a presidir el Colegio de Abogados de Cienfuegos. No procedía de la lucha guerrillera de la Sierra Maestra ni formaba parte del círculo de comandantes que había alcanzado notoriedad durante la insurrección contra Fulgencio Batista, pero sí se había vinculado a la oposición política y perteneció al Movimiento de Resistencia Cívica, una organización que colaboró con la lucha contra la dictadura.

Durante el gobierno de Batista fue detenido y posteriormente salió al exilio en México. Regresó a Cuba después del triunfo revolucionario de enero de 1959 y rápidamente pasó a ocupar responsabilidades importantes dentro del nuevo gobierno. Su formación jurídica, su experiencia profesional y su identificación con el proceso revolucionario lo convertían en una figura útil en un momento en que el nuevo poder necesitaba transformar rápidamente la estructura legal e institucional del país.

Dorticós fue nombrado ministro encargado de la Ponencia y Estudio de las Leyes Revolucionarias y participó en la elaboración de importantes disposiciones jurídicas de los primeros meses de la Revolución. Su papel resultaba especialmente adecuado para una etapa en la que se estaban modificando leyes, propiedades, instituciones y relaciones económicas a gran velocidad, porque mientras otros dirigentes aportaban legitimidad militar o popular, Dorticós representaba un perfil diferente: abogado, civil, técnicamente preparado y capaz de proporcionar forma jurídica a las decisiones del nuevo poder.

La oportunidad para convertirlo en presidente apareció apenas seis meses después del triunfo revolucionario. Manuel Urrutia Lleó, quien había asumido la presidencia en enero de 1959, comenzó a mantener discrepancias cada vez más visibles con Fidel Castro y otros sectores del gobierno. Urrutia había sido una figura aceptable para distintos grupos opositores a Batista, pero sus posiciones anticomunistas terminaron chocando con la creciente influencia de sectores marxistas dentro de la Revolución. La crisis culminó en julio de 1959, cuando Fidel Castro renunció temporalmente como primer ministro y responsabilizó públicamente a Urrutia de obstaculizar el proceso revolucionario.

La presión política sobre Urrutia se hizo insostenible y terminó renunciando. El 18 de julio de 1959, Osvaldo Dorticós Torrado asumió la presidencia de Cuba. Fidel Castro regresó poco después al cargo de primer ministro y a partir de ese momento quedó configurada una estructura política peculiar: Dorticós era formalmente el jefe del Estado, mientras Fidel se consolidaba como el verdadero centro de gravedad del gobierno.

Esto no significa que Dorticós fuera simplemente una figura decorativa sin ninguna función. Participó activamente en el gobierno, intervino en decisiones importantes, representó a Cuba internacionalmente y formó parte del reducido grupo dirigente de la Revolución, pero su autoridad siempre estuvo subordinada al liderazgo de Fidel Castro. Esa diferencia es fundamental para comprender su figura, porque reducirlo a un simple títere sería probablemente injusto, aunque presentarlo como un presidente con un poder comparable al de los mandatarios cubanos anteriores a 1959 tampoco describiría correctamente la realidad.

Dorticós acompañó institucionalmente la transformación radical que experimentó Cuba durante aquellos años. Bajo su presidencia se produjeron las nacionalizaciones de propiedades, el enfrentamiento creciente con Estados Unidos, la aproximación acelerada a la Unión Soviética y la reorganización política que terminaría estableciendo un sistema de partido único. El país que presidía oficialmente en 1976 era completamente diferente del que había recibido en julio de 1959.

Uno de los episodios que mejor permite observar su papel ocurrió durante la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. Cuba se encontraba en el centro de una confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética que acercó al mundo a una guerra nuclear. Fidel Castro dirigía políticamente la respuesta cubana, pero Dorticós también desempeñaba funciones internacionales como presidente del país y, poco antes de que la crisis estallara públicamente, pronunció un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en el que hizo una referencia extraordinariamente significativa.

En aquella intervención advirtió que, si Cuba era atacada, podía convertirse en una base desde la cual responder al agresor. La frase adquiriría posteriormente una importancia enorme porque en aquel momento los misiles soviéticos ya estaban siendo instalados secretamente en territorio cubano. Dorticós conocía, por tanto, información extremadamente sensible y formaba parte del círculo que manejaba uno de los secretos militares más importantes del planeta.

Ese episodio demuestra que no era un funcionario irrelevante apartado de las grandes decisiones. Estaba suficientemente cerca del núcleo del poder como para conocer la instalación de los misiles soviéticos y representar diplomáticamente al país durante una crisis de dimensión mundial, pero incluso en ese momento su figura quedó eclipsada por Fidel Castro, cuyo protagonismo político y mediático terminó dominando casi por completo la memoria histórica de aquellos acontecimientos.

La posición de Dorticós resulta todavía más interesante cuando se analiza la evolución ideológica del nuevo gobierno. La Revolución de 1959 no se presentó inicialmente como una revolución comunista, aunque dentro del movimiento existían figuras con diferentes grados de cercanía al marxismo. Durante los primeros años se produjo una rápida radicalización que culminó en la proclamación del carácter socialista de la Revolución y posteriormente en la creación del Partido Comunista de Cuba.

Dorticós acompañó ese proceso y ocupó posiciones importantes dentro de las nuevas estructuras políticas. No fue un opositor moderado que permaneciera accidentalmente dentro del gobierno mientras este se radicalizaba, sino un dirigente que terminó plenamente integrado en el sistema socialista y participó en su institucionalización. Su formación jurídica volvió a ser especialmente útil cuando el régimen comenzó a construir una nueva arquitectura constitucional.

Durante buena parte de los años sesenta, Cuba funcionó con una estructura política fuertemente centralizada y con instituciones provisionales surgidas después de 1959. Esa situación comenzó a modificarse en la década siguiente, cuando el gobierno impulsó un proceso de institucionalización inspirado en buena medida en los modelos políticos del bloque soviético. El resultado fue la Constitución de 1976, que reorganizó formalmente el Estado cubano y modificó también la estructura de sus máximos cargos.

Con la nueva Constitución desapareció la presidencia de la República tal como había existido hasta entonces y se creó el Consejo de Estado. Fidel Castro pasó a ocupar simultáneamente la presidencia del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, con lo cual la diferencia entre la jefatura formal del Estado y el liderazgo político real prácticamente desapareció. El 2 de diciembre de 1976 terminó así la presidencia de Osvaldo Dorticós Había sido presidente durante casi diecisiete años.

El dato resulta sorprendente porque una presidencia de semejante duración normalmente convertiría a cualquier gobernante en una de las figuras más recordadas de la historia de su país. En el caso de Dorticós ocurrió exactamente lo contrario: cuanto más se consolidaba el liderazgo de Fidel Castro, menos importancia tenía para la población quién ocupaba formalmente la presidencia. La imagen internacional de Cuba era Fidel, los grandes discursos los pronunciaba Fidel, las decisiones fundamentales se asociaban con Fidel y la Revolución misma terminó identificándose de manera casi inseparable con su figura.

Después de abandonar la presidencia, Dorticós no desapareció del gobierno. Continuó desempeñando responsabilidades importantes y fue nombrado ministro de Justicia, además de mantener posiciones dentro de las estructuras políticas del país. Su permanencia confirma que no había sido desplazado como consecuencia de una ruptura con Fidel Castro, sino que la propia reorganización institucional había hecho innecesaria la separación entre un presidente formal y el dirigente que ejercía el poder efectivo.

Su final, sin embargo, fue trágico. El 23 de junio de 1983, Osvaldo Dorticós Torrado murió en La Habana a los 64 años. La versión oficial estableció que se había suicidado con un arma de fuego. Según las explicaciones divulgadas entonces, padecía graves problemas de salud y había sufrido recientemente la muerte de su esposa, circunstancias que habrían contribuido a su decisión.

Como ocurre con numerosas muertes relacionadas con figuras importantes de sistemas políticos cerrados, alrededor del suicidio aparecieron posteriormente interrogantes y especulaciones, aunque no existe en el material disponible una base suficiente para presentar una explicación alternativa como un hecho. Lo documentado es que su muerte fue considerada oficialmente un suicidio y que ocurrió cuando todavía formaba parte del aparato político que había ayudado a construir.

La historia de Osvaldo Dorticós resulta especialmente reveladora no porque esconda necesariamente un gran misterio, sino porque permite observar la naturaleza del poder cubano durante las primeras décadas de la Revolución. Durante diecisiete años existió un presidente de la República, pero la mayoría de los cubanos y prácticamente todo el mundo exterior identificaban al máximo dirigente del país con otra persona. El título institucional y el poder político habían dejado de coincidir.

Dorticós firmaba como presidente, recibía delegaciones, viajaba en representación del Estado y participaba en las estructuras más importantes del gobierno, mientras Fidel Castro dirigía políticamente la Revolución, hablaba directamente a la población, controlaba las principales decisiones y se convertía en el rostro de Cuba ante el mundo. No era necesario destituir al presidente ni eliminar formalmente el cargo, porque la presidencia podía continuar existiendo sin constituir el verdadero centro del poder.

Esa circunstancia explica también por qué Dorticós ha quedado relegado a un lugar tan pequeño en la memoria histórica. No fue un adversario derrotado ni un dirigente purgado cuya existencia necesitara ser eliminada de los relatos oficiales. Tampoco fue un presidente independiente cuya obra pudiera estudiarse separadamente de la de Fidel Castro. Fue, más bien, una pieza importante de una estructura política cuyo centro se encontraba en otra parte.

Quizá por eso su figura resulte hoy más interesante de lo que parece. Preguntarse quién fue Osvaldo Dorticós obliga a preguntarse también qué significaba realmente ser presidente de Cuba entre 1959 y 1976. La respuesta formal es sencilla: era el jefe del Estado. La respuesta política es bastante más compleja, porque el hombre que ocupó ese cargo durante casi diecisiete años nunca fue el hombre que realmente identificaba al poder cubano.

Cuando en 1976 Fidel Castro asumió finalmente la nueva jefatura del Estado, no estaba conquistando un poder que antes perteneciera a Dorticós, sino colocando en el organigrama institucional una realidad que existía desde hacía muchos años.

Por eso Osvaldo Dorticós fue presidente de Cuba durante casi diecisiete años y, paradójicamente, terminó convertido en el presidente olvidado de Cuba. No porque careciera de importancia, sino porque tuvo la peculiar tarea de ocupar el cargo más alto del Estado durante una época en la que el hombre más poderoso del país ocupaba otro.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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