Cuba en la revolución

¿Lo usaron y después lo borraron?

Eduardo Díaz Betancourt fue usado y después borrado

A finales de 1991, Eduardo Díaz Betancourt y otros dos cubanos llegaron clandestinamente desde Estados Unidos a la costa norte de Matanzas cargados de armas, municiones y explosivos. Fueron capturados muy poco después de desembarcar y posteriormente aparecieron en la televisión cubana explicando los planes que supuestamente pretendían ejecutar en la isla. Hasta ahí no habría demasiado misterio: durante décadas existieron organizaciones del exilio cubano partidarias de enfrentarse al gobierno de Fidel Castro mediante las armas y se produjeron diferentes intentos de infiltración en Cuba. Aquellos tres hombres tampoco eran turistas extraviados ni pescadores que hubieran llegado accidentalmente; habían entrado clandestinamente, estaban armados y pretendían realizar acciones contra el régimen, algo que está suficientemente documentado.

Lo extraño comienza cuando uno de ellos, Eduardo Díaz Betancourt, aparece delante de las cámaras y empieza a describir lo que supuestamente pensaban hacer. Entre las acusaciones aparecen atentados contra instalaciones civiles y, según relatarían posteriormente los otros dos integrantes de la expedición, Díaz llegó a hablar de colocar bombas en círculos infantiles. La diferencia es considerable: una cosa es admitir que se ha entrado armado en Cuba para combatir al gobierno de Fidel Castro y otra muy distinta presentarse ante millones de cubanos como alguien dispuesto a matar niños. Esa declaración, aparentemente incomprensible desde el punto de vista de quien intentaba justificar políticamente una acción armada, constituye una de las primeras rarezas de una historia que, examinada con detenimiento, deja muchas preguntas abiertas.

La noche del 29 de diciembre de 1991, Eduardo Díaz Betancourt, Daniel Candelario Santovenia Fernández y Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso llegaron en un bote neumático a las proximidades de Cárdenas, en Matanzas. Llevaban armas, municiones y explosivos y fueron detenidos ese mismo día; apenas trece días después, el 11 de enero de 1992, los tres fueron condenados a muerte por terrorismo, sabotaje y propaganda enemiga, mientras Amnistía Internacional intervenía solicitando que las sentencias no fueran ejecutadas.

La figura de Eduardo Díaz Betancourt resulta particularmente interesante porque no llevaba décadas viviendo en Miami ni había desarrollado una larga carrera dentro de organizaciones anticastristas. Había escapado ilegalmente de Cuba en marzo de 1991, apenas nueve meses antes de regresar armado, y según reconstrucciones de la época había abandonado la isla en un bote de pesca con destino a Florida. Antes de marcharse estaba relacionado con el mercado negro de dólares y langostas, mientras otras fuentes lo describieron también como pescador, carpintero ocasional y vendedor clandestino de langostas por divisas.

Nada de eso demuestra, naturalmente, que trabajara para la Seguridad del Estado. En la Cuba de aquellos años muchísimas personas participaban en actividades económicas ilegales simplemente para sobrevivir, pero precisamente esa realidad proporcionaba al aparato de seguridad una herramienta extraordinariamente eficaz: casi cualquiera podía tener alguna vulnerabilidad susceptible de ser utilizada como mecanismo de presión.

El método no era particularmente sofisticado. Una persona involucrada en alguna actividad ilegal podía ser confrontada con fotografías, testimonios o cualquier otra evidencia suficiente para llevarla a prisión y, frente a esa amenaza, recibir una alternativa: colaborar como informante. La existencia de semejantes mecanismos de reclutamiento no demuestra que eso ocurriera con Eduardo Díaz Betancourt, pero permite formular una hipótesis que adquiere interés cuando se compara con los acontecimientos posteriores.

Supongamos, exclusivamente como hipótesis, que la Seguridad del Estado hubiera descubierto las actividades clandestinas de Díaz Betancourt y hubiese utilizado esa información para presionarlo. En lugar de convertirlo simplemente en informante dentro de Cuba, podría haberle encargado una operación mucho más ambiciosa: abandonar la isla, llegar a Estados Unidos y aproximarse a determinados sectores del exilio dispuestos a realizar acciones armadas contra el gobierno cubano.

Dentro de esa hipótesis, su salida clandestina adquiere un significado diferente, porque para introducir a alguien en círculos radicalmente anticastristas resultaría difícil imaginar una carta de presentación mejor que la de un hombre que acaba de escapar de Cuba en un bote. No sería un funcionario que llega legalmente a Estados Unidos después de recibir autorización gubernamental, sino alguien que aparentemente acaba de arriesgar la vida huyendo del régimen. Si la hipótesis fuera correcta, incluso aquella salida podría haber sido tolerada, facilitada o preparada para proporcionarle credibilidad, aunque no existe evidencia documental conocida que permita afirmar que eso realmente ocurrió.

Después aparece otra circunstancia llamativa. Díaz Betancourt llegó a Florida en marzo de 1991 y, según una reconstrucción publicada poco después de los acontecimientos, apenas un mes más tarde conoció supuestamente por casualidad en una cafetería de La Pequeña Habana a Reinaldo Domínguez, uno de los hombres relacionados con la futura misión. A partir de entonces comenzó a integrarse rápidamente en aquel ambiente, participó en entrenamientos, obtuvo acceso a armas y terminó encabezando la expedición precisamente porque acababa de salir de Cuba y conocía el terreno.

Nada de esto es imposible. Una persona puede radicalizarse con enorme rapidez, encontrar individuos con las mismas ideas y decidir participar en una acción armada en cuestión de meses, pero la velocidad del proceso resulta cuando menos llamativa: Díaz salió de Cuba en marzo, un mes después ya estaba relacionado con personas vinculadas a operaciones armadas y en diciembre, solamente nueve meses después de abandonar la isla, regresaba con armas para enfrentarse a un aparato de seguridad cuyo funcionamiento conocía perfectamente.

La propia expedición tampoco transmite la impresión de una operación particularmente sólida. Según una investigación periodística de aquellos días, el plan original contemplaba el envío de 22 hombres, pero una cadena de problemas, errores e improvisaciones redujo finalmente el grupo a tres. Uno de los organizadores quedó fuera debido a una crisis de diabetes y quienes finalmente desembarcaron ni siquiera llevaban algunos elementos básicos que cabría esperar de una operación clandestina seria, como documentación local o dinero cubano.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué posibilidades reales tenían tres hombres recién desembarcados de organizar una guerrilla contra el gobierno cubano? No se conoce una estructura clandestina suficientemente amplia que estuviera esperando su llegada, ni una logística capaz de mantenerlos durante un periodo prolongado, ni una fuerza preparada para incorporarse inmediatamente a una insurrección. También se habló de que debían permanecer escondidos mientras esperaban la llegada de otros hombres, pero la operación terminó prácticamente antes de comenzar.

Todo esto puede explicarse simplemente por una expedición extraordinariamente mal organizada. La historia está llena de operaciones improvisadas que terminaron en desastre y no hace falta recurrir a una conspiración para explicarlas, pero dentro de la hipótesis anterior aparece otra posibilidad: quizá la expedición nunca necesitó ser militarmente viable.

Si el verdadero objetivo de Eduardo Díaz Betancourt no hubiera sido iniciar una guerrilla ni derrotar al gobierno cubano, no necesitaba construir una organización capaz de sobrevivir durante meses dentro de la isla. Bastaba con llegar a Estados Unidos, conseguir credibilidad entre personas dispuestas a combatir, obtener armas y regresar acompañado por algunos de esos hombres. En ese escenario hipotético, lo importante no sería aquello que debía ocurrir después del desembarco, porque el desembarco mismo sería el objetivo.

Tres hombres procedentes de Estados Unidos, capturados dentro de Cuba con armas y explosivos, proporcionaban al gobierno una imagen propagandística extraordinariamente poderosa: la demostración visual de que desde Miami continuaban organizándose operaciones armadas contra la isla. Daniel Santovenia y Pedro Álvarez ni siquiera necesitarían conocer un supuesto propósito oculto; por el contrario, una operación de infiltración sería mucho más eficaz si ambos creyeran sinceramente que estaban entrando en Cuba para combatir al régimen. Eso permitiría entender por qué posteriormente continuaron reconociendo que habían regresado armados, mientras negaban que pretendieran asesinar niños o colocar bombas en círculos infantiles.

El 29 de diciembre de 1991 desembarcaron por la zona de Cárdenas y fueron capturados prácticamente de inmediato, una rapidez que provocó preguntas tanto dentro de Cuba como entre sectores del exilio. Ya en enero de 1992 existían opositores y exiliados que se preguntaban si Eduardo Díaz Betancourt podía ser un infiltrado del gobierno, por lo que la sospecha no surgió décadas después como resultado de una reconstrucción retrospectiva, sino prácticamente al mismo tiempo que ocurrieron los acontecimientos.

Después llegó la aparición televisiva. Díaz explicó cómo se habían entrenado, quiénes estaban relacionados con la operación, cuáles eran sus contactos y qué pretendían hacer, proporcionando al gobierno cubano algo mucho más valioso que la simple captura de tres hombres armados: uno de los propios detenidos estaba explicando ante las cámaras que desde Miami se organizaban acciones terroristas contra Cuba.

La acusación relacionada con los círculos infantiles resulta especialmente difícil de comprender desde la perspectiva del propio detenido. Un militante convencido de la legitimidad de utilizar las armas contra Fidel Castro podía intentar justificar su posición alegando que pretendía combatir una dictadura, iniciar una guerrilla, atacar instalaciones militares o sabotear estructuras gubernamentales, pero presentarse voluntariamente como alguien dispuesto a asesinar niños no aportaba absolutamente nada a su defensa. No mejoraba su situación judicial, no protegía a sus compañeros, no favorecía a los grupos del exilio ni generaba simpatía internacional; por el contrario, destruía cualquier posible legitimidad política de la operación y proporcionaba al gobierno exactamente el argumento propagandístico que necesitaba.

Esto tampoco demuestra que Díaz Betancourt fuera un agente. Existe una explicación mucho más sencilla: después de su detención pudo haber sido amenazado, presionado u obligado por la Seguridad del Estado a repetir un guion preparado, una posibilidad perfectamente compatible con el funcionamiento de un aparato represivo y que no requiere suponer ninguna infiltración anterior.

Sin embargo, aparece entonces otro detalle difícil de ignorar. Díaz Betancourt llevaba supuestamente una libreta con nombres y direcciones de opositores dentro de Cuba, entre ellos Gustavo Arcos Bergnes y Sebastián Arcos Bergnes. En la dirección correspondiente a Sebastián figuraba “Calle Quinta”, cuando en realidad vivía en Calle Quintana, un error que podría parecer insignificante si no fuera porque, según denunció entonces la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, la propia policía cubana había cometido anteriormente exactamente la misma equivocación en una citación dirigida a Sebastián: “Calle Quinta” en lugar de “Calle Quintana”. Aquella coincidencia fue uno de los elementos que alimentaron desde el principio las sospechas de que Díaz Betancourt pudiera estar relacionado con la Seguridad del Estado.

A partir de aquí puede construirse una hipótesis completa, siempre dejando claro que estamos entrando en terreno especulativo. Díaz Betancourt participa en actividades ilegales dentro de Cuba; la Seguridad del Estado descubre esas actividades y obtiene un instrumento para presionarlo; le ofrece evitar la cárcel a cambio de colaborar y le encarga salir de Cuba para aproximarse a determinados grupos armados del exilio. La salida clandestina fortalece su credibilidad y, una vez en Estados Unidos, logra integrarse rápidamente en aquel ambiente, se relaciona con hombres que sí creen sinceramente en la misión, consigue armas y organiza el regreso.

Si continuamos dentro de esa hipótesis, la Seguridad cubana conocería previamente el lugar del desembarco, los hombres serían detenidos y Díaz realizaría posteriormente las declaraciones necesarias para presentar la expedición como una operación terrorista dirigida incluso contra objetivos civiles. El gobierno obtendría así una victoria propagandística extraordinaria: podría vincular a grupos del exilio con acciones terroristas y, al mismo tiempo, relacionar a opositores pacíficos dentro de Cuba con hombres procedentes de Miami cargados de armas.

Naturalmente, una operación semejante requeriría que Eduardo creyera que después recibiría alguna compensación: una conmutación de la pena, algunos años de prisión, una salida posterior del país o cualquier otro acuerdo. No existe evidencia de que semejante promesa haya existido y afirmar exactamente qué pudieron ofrecerle sería pura especulación, pero entonces ocurrió algo que, a primera vista, parece destruir por completo toda esta hipótesis.

Los tres hombres fueron condenados a muerte. La pena de Pedro Álvarez fue conmutada por treinta años de prisión y posteriormente ocurrió lo mismo con Daniel Santovenia, pero Eduardo Díaz Betancourt no recibió esa posibilidad. El Consejo de Estado, presidido por Fidel Castro, mantuvo únicamente su sentencia argumentando que había sido el principal responsable de la operación y el 20 de enero de 1992, apenas tres semanas después del desembarco, fue ejecutado.

La explicación más sencilla es también la más evidente: Eduardo no era ningún agente. Era realmente el jefe de la expedición, el gobierno lo consideró el principal responsable y decidió fusilarlo mientras conmutaba las penas de los otros dos. No hace falta ninguna teoría compleja para explicar esa decisión y sería incorrecto ocultar esta posibilidad para favorecer una hipótesis más intrigante.

Pero existe otra interpretación posible. Si Eduardo hubiera sido realmente el infiltrado, sería precisamente el único de los tres hombres que conocería la operación completa. Daniel Santovenia y Pedro Álvarez podían permanecer veinte o treinta años en prisión y eventualmente recuperar la libertad sin representar necesariamente un peligro, porque si habían participado de buena fe solo podrían contar aquello que ya conocían: que Eduardo llegó a Miami, entró en contacto con ellos, organizaron una expedición, consiguieron armas, viajaron a Cuba y fueron capturados.

Eduardo, en cambio, podría haber contado quién lo reclutó, qué información utilizó la Seguridad para presionarlo, qué le prometieron, cómo abandonó Cuba, si su fuga fue espontánea o preparada, qué contactos recibió en Estados Unidos, qué instrucciones llevaba, si las autoridades conocían previamente el lugar del desembarco, qué debía declarar después de ser capturado y qué le habían prometido que ocurriría finalmente con él. Si realmente hubiera existido una operación de inteligencia detrás de todo aquello, Eduardo Díaz Betancourt habría sido el único hombre capaz de desmontarla por completo y un hombre ejecutado, evidentemente, jamás podría contar esa historia.

Esto sigue sin demostrar que fuera agente de la Seguridad del Estado. No conocemos ningún expediente que lo identifique como colaborador, ningún documento firmado por él reconociendo semejante relación ni el testimonio público de algún antiguo oficial que haya explicado que aquella operación fue organizada de esa manera. La historia real puede ser mucho más sencilla: Eduardo pudo haber sido un hombre involucrado en el mercado negro que odiaba al gobierno, escapó de Cuba, llegó a Miami, conoció rápidamente a personas radicalizadas, decidió regresar armado, participó en una operación pésimamente organizada, fue capturado, dijo bajo presión aquello que la Seguridad quería escuchar y terminó fusilado porque las autoridades lo consideraron responsable principal.

Esa explicación es perfectamente posible, pero quedan demasiadas piezas llamativas para ignorarlas: actividades ilegales antes de abandonar Cuba; un aparato de seguridad conocido por utilizar vulnerabilidades para reclutar colaboradores; una salida clandestina en un bote; contactos con personas relacionadas con operaciones armadas apenas un mes después de llegar a Estados Unidos; solamente nueve meses entre su salida y su regreso armado; una expedición originalmente concebida para 22 hombres que termina reducida a tres; una operación plagada de improvisaciones; una captura casi inmediata; una aparición televisiva extraordinariamente conveniente para el gobierno; acusaciones relacionadas con círculos infantiles que los otros dos integrantes negarían posteriormente; una lista de opositores internos; una dirección equivocada que aparentemente reproducía un error cometido anteriormente por la propia policía y sospechas de infiltración formuladas desde enero de 1992. Finalmente, de los tres hombres condenados a muerte, precisamente Eduardo Díaz Betancourt fue el único ejecutado.

Ninguna de esas piezas demuestra por sí sola que trabajara para el gobierno cubano y ni siquiera todas juntas permiten afirmarlo como un hecho, pero resulta difícil sostener que no existan suficientes anomalías para formular preguntas. La hipótesis puede ser correcta, parcialmente correcta o completamente equivocada; quizá toda esta cadena de circunstancias tenga explicaciones perfectamente normales que simplemente desconocemos más de tres décadas después.

Existe todavía un último episodio poco conocido. Al investigar a la familia de Eduardo Díaz Betancourt resulta sorprendentemente difícil encontrar testimonios de personas cercanas que permitan reconstruir quién era antes de abandonar Cuba, pero un periodista español llamado Santiago Aroca viajó a la isla en enero de 1992 y llegó hasta Cárdenas con la intención de entrevistar a la madre de Eduardo pocos días después del fusilamiento. Según la información recogida sobre el episodio, Aroca fue detenido e interrogado por la Seguridad del Estado, cuyos agentes quisieron saber quién le había proporcionado la dirección de la familia, le incautaron materiales de trabajo y finalmente lo expulsaron de Cuba.

Tampoco ese episodio demuestra la existencia de una operación encubierta, pero añade otra pregunta a una historia que ya contiene demasiadas. Más de treinta años después podemos reconstruir con bastante detalle lo que Eduardo hizo durante los nueve meses que permaneció en Estados Unidos y, sin embargo, sabemos sorprendentemente poco sobre el hombre que era en Cuba antes de subir a aquel bote.

Quizá nunca sepamos exactamente qué ocurrió. Eduardo Díaz Betancourt murió sin poder ofrecer una versión posterior de los acontecimientos; los otros dos integrantes de la expedición conocían fundamentalmente lo sucedido desde que entraron en contacto con él en Estados Unidos y, si detrás de aquella historia realmente existió una operación de inteligencia, quienes podrían conocerla completa difícilmente tendrían motivos para revelarla.

Por eso la pregunta permanece abierta. Tal vez Eduardo Díaz Betancourt fuera exactamente lo que dijo el gobierno cubano: el jefe de una expedición armada que pretendía realizar acciones violentas dentro de Cuba. Tal vez fue simplemente un hombre manipulado después de su captura. O quizá detrás de aquella extraña operación existió algo bastante más complejo.

¿Lo usaron y después lo borraron? No tenemos pruebas suficientes para responder que sí, pero tampoco una historia tan limpia como para decir que no.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

Deja tu comentario

Tu correo no será publicado.