Cuba en la revolución

¿Fidel Castro era millonario?

Fidel castro no era millonari era duaño de Cuba

Durante años se ha repetido que Fidel Castro llegó a tener una fortuna personal de alrededor de 900 millones de dólares. La cifra apareció publicada por Forbes, circuló por todo el mundo y provocó una reacción furiosa del propio Fidel, que desafió públicamente a la revista a encontrarle una sola cuenta bancaria en el extranjero. Antes, Forbes había estimado su patrimonio en unos 550 millones y posteriormente elevó la cifra hasta los 900 millones, pero nunca apareció una cuenta bancaria con ese dinero, ni un paquete de acciones, ni propiedades personales suficientes para demostrar de manera concluyente que Fidel Castro fuera multimillonario en el sentido convencional del término, por lo que quizá la pregunta más interesante no sea cuánto dinero tenía, sino de qué manera vivía.

La imagen pública de Fidel estuvo cuidadosamente asociada a la austeridad: el uniforme verde olivo, las botas, la barba, la ausencia de joyas y de trajes costosos contribuían a proyectar la figura de un dirigente entregado por completo a la Revolución, alejado de los lujos y de los signos tradicionales de riqueza. Esa imagen tenía una enorme utilidad política, porque un líder comunista podía acumular poder, pero resultaba mucho más difícil justificar ante una población sometida a racionamientos y escasez que él mismo viviera como un hombre rico.

El problema aparece cuando se compara aquella imagen pública con los testimonios sobre su vida privada, y uno de los más conocidos es el de Juan Reinaldo Sánchez, integrante durante diecisiete años de la escolta personal de Fidel Castro. Sánchez no fue un observador ocasional, sino que formó parte durante años del dispositivo encargado de protegerlo y, posteriormente, tras caer en desgracia, ser encarcelado y abandonar Cuba, publicó junto con el periodista francés Axel Gyldén un libro sobre la vida privada del dirigente cubano. Como cualquier testimonio de alguien que terminó enfrentado al régimen, sus afirmaciones deben leerse con cautela, pero sería igualmente absurdo descartarlas por completo, porque estuvo allí durante casi dos décadas y conoció aspectos de la vida de Fidel que la mayoría de los cubanos jamás pudo ver.

Según Sánchez, la vida cotidiana de Fidel estaba bastante lejos de la austeridad que transmitían las cámaras, pues habla de residencias disponibles para su uso, personal doméstico, cocineros, vehículos, embarcaciones, espacios de descanso y una infraestructura permanente organizada alrededor de sus necesidades y de las de su familia. Uno de los lugares más llamativos fue Cayo Piedra, en la costa sur de Cuba, un refugio privado donde podía pescar, navegar y pasar temporadas apartado del resto del país, aunque quizá lo más significativo no sea solamente la existencia del lugar, sino que durante décadas la inmensa mayoría de los cubanos ni siquiera supiera que existía.

Ese secretismo no se limitaba a las propiedades o los espacios de descanso, sino que alcanzaba prácticamente toda su vida familiar. Los cubanos conocían sus discursos, sus opiniones sobre la agricultura, el deporte, la política internacional, la economía e incluso asuntos muy específicos de la vida nacional, pero sabían muy poco sobre dónde vivía realmente, cómo era su casa, dónde descansaba o quiénes formaban parte de su círculo familiar inmediato. Dalia Soto del Valle, su esposa, permaneció durante mucho tiempo prácticamente fuera del conocimiento público, igual que buena parte de sus hijos, algo sorprendente en un dirigente que aparecía constantemente en televisión y podía hablar durante horas sobre casi cualquier asunto, mientras su propia vida privada permanecía rodeada de un hermetismo extraordinario.

Su residencia principal era conocida como Punto Cero, en la zona de Siboney, en La Habana, y naturalmente un jefe de Estado necesita medidas de seguridad, comunicaciones especiales, transporte protegido y una residencia adecuada a sus funciones, por lo que criticar a Fidel simplemente por no vivir como un ciudadano cualquiera sería poco serio. La cuestión interesante es dónde terminaba la necesidad institucional del cargo y dónde comenzaba el privilegio personal, porque una residencia segura puede justificarse fácilmente, mientras una red de instalaciones, espacios de descanso, embarcaciones y recursos disponibles permanentemente plantea una discusión bastante diferente.

Es precisamente ahí donde la famosa cifra de los 900 millones empieza a perder parte de su importancia, porque supongamos que Forbes hubiera estado completamente equivocada y que Fidel Castro hubiera muerto sin una gran fortuna depositada a su nombre: eso no demostraría necesariamente que viviera de manera austera. Una persona puede disfrutar de viviendas, vehículos, aviones, personal doméstico, alimentación, seguridad, atención médica y lugares de descanso sin ser jurídicamente propietaria de nada de eso, y si todo está permanentemente a su disposición, la diferencia entre propiedad formal y acceso real empieza a volverse mucho menos importante.

En el caso de Fidel Castro, esa distinción adquiere un peso especial porque gobernó un sistema en el que el Estado era propietario de buena parte de los recursos fundamentales del país y él no era precisamente un funcionario cualquiera dentro de ese Estado, sino un gobernante que durante décadas concentró un poder extraordinario sobre sus estructuras económicas, militares y administrativas. Intentar medir su riqueza con la misma lógica aplicada a empresarios como Bill Gates o Warren Buffett puede ser, por tanto, un error de enfoque, ya que un multimillonario necesita poseer acciones, cuentas o propiedades, mientras un gobernante con poder prácticamente absoluto puede disfrutar de una enorme cantidad de recursos sin necesidad de que estén registrados a su nombre.

Desde ese punto de vista, la riqueza no consiste solamente en propiedad, sino también en acceso, porque quien puede utilizar siempre viviendas, transporte, personal, alimentación, atención médica y espacios de descanso inaccesibles para la mayoría vive en una condición material privilegiada, aunque jurídicamente nada de eso le pertenezca. La pregunta deja entonces de ser cuántos millones tenía Fidel y pasa a ser qué podía utilizar, qué podía obtener y, sobre todo, qué limitaciones materiales tenía realmente.

Esto resulta especialmente importante porque la Revolución cubana no se presentó solamente como un proyecto destinado a reducir la pobreza, sino también como una revolución contra los privilegios. Una parte central de su legitimidad moral consistía en denunciar una sociedad anterior a 1959 en la que algunos podían viajar, tener grandes propiedades, acceder a servicios exclusivos o disfrutar de determinados bienes mientras otros vivían en condiciones miserables, de manera que la pregunta inevitable es si aquellos privilegios desaparecieron realmente o si simplemente cambiaron de manos.

No hace falta conocer el saldo bancario de Fidel para plantear esa cuestión, porque si realmente hubiera vivido sometido a las mismas restricciones de la mayoría de los cubanos, esa realidad habría sido una extraordinaria herramienta propagandística. Sin embargo, nunca se proyectó públicamente una imagen de Fidel haciendo cola para comprar alimentos, esperando transporte público, buscando una pieza para reparar un electrodoméstico o resolviendo los problemas cotidianos que marcaron la vida de millones de personas, y aunque evidentemente era jefe de Estado, también estaba protegido de buena parte de las limitaciones materiales que se pedía soportar al resto del país.

Su origen familiar añade otro elemento interesante, porque Fidel no nació pobre. Su padre, Ángel Castro Argiz, llegó a Cuba desde España sin grandes recursos, pero terminó convirtiéndose en un terrateniente próspero en Birán, donde adquirió tierras, arrendó otras y desarrolló una explotación agrícola importante en la que trabajaban numerosas personas. Fidel creció, por tanto, en un entorno económicamente cómodo, estudió en colegios privados y después cursó Derecho en la Universidad de La Habana, algo que por sí mismo no invalida sus ideas políticas ni convierte automáticamente en hipócrita a quien posteriormente defendiera otro modelo económico, pero sí demuestra que conocía desde joven la realidad del dinero, la propiedad y el privilegio.

La contradicción se vuelve particularmente visible durante el Período Especial, cuando, tras la desaparición de la Unión Soviética, Cuba entró en una crisis económica profundísima. Los apagones se multiplicaron, el transporte se deterioró, faltaron alimentos y combustible, y millones de cubanos tuvieron que reorganizar su vida alrededor de la escasez, mientras Fidel pedía resistencia, sacrificio y confianza en la Revolución. La pregunta importante no es si Fidel estaba físicamente en Cuba durante aquella crisis, porque obviamente lo estaba, sino si la vivió en condiciones comparables con las de un ciudadano común, algo muy difícil de sostener cuando su seguridad, transporte, alimentación, atención médica y acceso a determinados recursos continuaban garantizados por la estructura estatal.

Esto tampoco obliga a convertirlo en una caricatura de millonario ostentoso, cubierto de joyas y rodeado permanentemente de lujos extravagantes, porque Fidel no fue conocido por una afición pública a los relojes costosos, la ropa de lujo o la exhibición tradicional de riqueza. Trabajaba durante largas jornadas, mantenía horarios desordenados y su imagen pública estaba muy lejos de la de un magnate tradicional, pero precisamente por eso su caso resulta más interesante: quizá nunca estuviera especialmente obsesionado con acumular dinero, porque aquello que acumuló de manera indiscutible fue poder.

Dinero y poder son cosas distintas, pero a partir de cierto nivel sus efectos materiales pueden parecerse muchísimo, porque ¿qué diferencia práctica existe entre poseer varias casas y poder utilizar varias casas siempre que se desee?, ¿entre comprar un yate y disponer permanentemente de uno?, ¿entre contratar personalmente un cocinero y contar con cocineros pagados por una estructura estatal que uno controla? Desde el punto de vista jurídico, las diferencias son evidentes, pero desde el punto de vista de quien disfruta esos bienes y servicios pueden ser mucho menores.

Forbes basó su cálculo en la idea de que Fidel ejercía control económico personal sobre determinadas empresas estatales cubanas, entre ellas CIMEX y Medicuba, y utilizó también testimonios de antiguos funcionarios que afirmaban que podía disponer de beneficios generados por esas entidades. A partir de estimaciones sobre el valor y los ingresos de ese entramado empresarial, la revista calculó una fortuna de alrededor de 900 millones de dólares, aunque se trataba de una metodología discutible y difícil de comprobar, precisamente porque mezclaba el control político sobre activos estatales con el patrimonio personal. Fidel negó la cifra con vehemencia y nunca apareció documentación definitiva que cerrara la discusión, por lo que convertir aquellos 900 millones en un hecho demostrado sería ir más allá de la evidencia disponible.

Sin embargo, quizá la propia cifra terminó distrayendo de la cuestión realmente importante, porque si un gobernante dispone durante décadas de bienes y servicios que para el resto de la población serían inaccesibles, la discusión sobre quién figura como propietario formal puede volverse secundaria. El Estado puede ser jurídicamente dueño de una casa, una embarcación o una instalación determinada, pero si en la práctica un dirigente decide cuándo utilizarla, quién puede acceder y durante cuánto tiempo, la distancia entre lo público y lo privado empieza a ser bastante más difícil de establecer.

Existe además un dato que resume muy bien esa contradicción: Fidel llegó a afirmar públicamente que su salario era de 750 pesos cubanos mensuales, lo cual plantea preguntas bastante obvias sobre si de ese salario salían la alimentación de su familia, sus uniformes, la electricidad, los vehículos, el combustible, el personal doméstico, los cocineros, los choferes o los lugares donde descansaba. Si no era así, entonces el salario tenía una importancia fundamentalmente simbólica, porque las necesidades materiales de su vida estaban cubiertas por otra vía, de manera que quizá para comprender su verdadera situación económica sea más útil preguntarse qué tenía que pagar realmente de su bolsillo que cuánto decía cobrar cada mes.

La pregunta sobre si Fidel Castro era millonario quizá ha permanecido abierta durante tanto tiempo porque se intenta responder utilizando una lógica que no termina de ajustarse al personaje. Unos citan a Forbes y otros responden que nunca apareció una cuenta bancaria; unos señalan residencias y embarcaciones, mientras otros replican que pertenecían al Estado, pero ambas partes pueden discutir indefinidamente sin resolver el problema principal: cuál era realmente el nivel de vida del dirigente cubano y hasta qué punto estaba sometido a las restricciones materiales que imponía el sistema al resto de la población.

Cuando una persona puede disponer durante décadas de viviendas, transporte, personal, seguridad, alimentación, atención médica y lugares de descanso sin tener que preocuparse por el costo de esos recursos, la cantidad de dinero que posea legalmente pierde buena parte de su importancia. Puede que Fidel Castro nunca haya sido multimillonario en el sentido tradicional y puede incluso que Forbes haya exagerado considerablemente su patrimonio, pero ninguna de esas posibilidades demuestra que viviera como un revolucionario austero sometido a las mismas limitaciones que la mayoría de los cubanos.

La contradicción está en otro lugar: Fidel encabezó una revolución que denunció con enorme fuerza una sociedad donde una minoría podía acceder a bienes y comodidades que estaban fuera del alcance de la mayoría, pero terminó gobernando otra sociedad en la que también existían niveles de acceso radicalmente diferentes según la posición que cada persona ocupara dentro del poder. Cambió el sistema, cambió el discurso y cambiaron quienes podían entrar por determinadas puertas, pero esas puertas siguieron existiendo.

Por eso quizá la pregunta definitiva no sea cuánto dinero tenía Fidel Castro, sino para qué necesitaba ser formalmente millonario si tenía permanentemente a su disposición muchas de las cosas que un millonario tendría que comprar. Puede que nunca sepamos con certeza cuánto dinero tuvo, pero sí sabemos algo mucho más relevante para entender aquella contradicción: Fidel Castro vivió muy lejos de las limitaciones materiales que durante décadas sufrió la mayoría de los cubanos.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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