HISTORIA UNIVERSAL

Los esposos Rosenberg

Los esposos Rosenberg, condenados por espionaje durante la Guerra Fría

La historia de los esposos Rosenberg quedó marcada por uno de los acontecimientos que transformaron la Guerra Fría: la primera prueba atómica de la Unión Soviética. Para Estados Unidos fue una noticia inquietante. Apenas cuatro años antes había utilizado armas nucleares contra Hiroshima y Nagasaki y, hasta ese momento, poseía en solitario una tecnología capaz de alterar el equilibrio militar del planeta. La ventaja había durado mucho menos de lo esperado.

La rapidez soviética despertó inmediatamente sospechas de espionaje y las sospechas estaban justificadas. Moscú había conseguido penetrar el programa nuclear estadounidense y obtener información procedente del Proyecto Manhattan, el gigantesco esfuerzo científico y militar desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial para construir la primera bomba atómica. Con el tiempo, dos nombres terminarían simbolizando aquel espionaje ante la opinión pública estadounidense: Julius y Ethel Rosenberg.

El matrimonio fue detenido, procesado por conspiración para cometer espionaje, condenado a muerte y ejecutado en 1953. Durante décadas, su historia quedó reducida a una explicación sencilla: los Rosenberg habían robado el secreto de la bomba atómica y se lo habían entregado a Stalin. La realidad, sin embargo, fue considerablemente más complicada, la inteligencia soviética había penetrado el Proyecto Manhattan por diferentes vías. Uno de sus informantes más importantes fue Klaus Fuchs, físico alemán que había huido del nazismo, se había establecido en Gran Bretaña y terminó trabajando en Los Álamos. Fuchs tenía acceso a información científica de enorme importancia y proporcionó a Moscú datos sobre el diseño de la bomba de plutonio, el mecanismo de implosión y otros aspectos técnicos fundamentales.

Tampoco fue el único. Theodore Hall, un joven físico que comenzó a colaborar con los soviéticos cuando apenas tenía diecinueve años, proporcionó información desde Los Álamos y nunca llegó a ser procesado. Las autoridades estadounidenses conocieron posteriormente parte de aquellas actividades gracias a VENONA, un programa secreto que permitió descifrar parcialmente comunicaciones de la inteligencia soviética. Llevar determinadas pruebas ante los tribunales podía revelar que Estados Unidos estaba leyendo mensajes que Moscú consideraba seguros, por lo que algunas de esas informaciones no podían utilizarse abiertamente.

Esto resulta esencial para comprender el caso Rosenberg. La Unión Soviética no obtuvo información nuclear gracias a una sola pareja ni dependió de un único conducto. Había desarrollado una operación de inteligencia mucho más extensa, con científicos, agentes, reclutadores, intermediarios y mensajeros. Además, los soviéticos poseían sus propios científicos y su propio programa nuclear, por lo que el espionaje no construyó la bomba por ellos, aunque probablemente aceleró considerablemente el proceso al permitirles confirmar diseños, evitar errores y conocer soluciones técnicas que Estados Unidos ya había probado.

Dentro de esa estructura apareció Julius Rosenberg. Era ingeniero eléctrico, comunista convencido y había pertenecido al Partido Comunista de Estados Unidos. Durante muchos años, sus defensores sostuvieron que había sido víctima de la persecución anticomunista característica de los primeros años de la Guerra Fría, pero los documentos conocidos posteriormente hicieron imposible mantener esa interpretación en términos absolutos.

Julius trabajó conscientemente para la inteligencia soviética. Los mensajes descifrados por VENONA y otros documentos revelados posteriormente indican que mantuvo contactos con agentes soviéticos, reclutó colaboradores y facilitó información militar e industrial. Su nombre clandestino era Liberal y a través de su red circularon datos relacionados con radares, sistemas electrónicos, tecnología aeronáutica y armamento. Su actividad no fue simplemente ideológica: participó en una verdadera operación de espionaje.

El acceso de Julius a información nuclear, sin embargo, tenía una limitación evidente: él no trabajaba en Los Álamos. Para obtener datos desde el interior del Proyecto Manhattan necesitaba a alguien que sí estuviera allí y esa persona terminó siendo David Greenglass, hermano de Ethel.

Greenglass era mecánico del Ejército estadounidense y había sido destinado a Los Álamos. No poseía el nivel de conocimiento de físicos como Klaus Fuchs, aunque su posición le permitía observar determinados procedimientos y conocer aspectos del proyecto. Julius lo reclutó y Greenglass proporcionó información, incluido un dibujo relacionado con el mecanismo de implosión de la bomba de plutonio.

La información era real y llegó a manos soviéticas, aunque su importancia técnica parece haber sido considerablemente menor que la proporcionada por otros agentes. Esto cambia bastante la imagen popular del caso. Julius Rosenberg participó en espionaje y contribuyó a que Moscú obtuviera secretos estadounidenses, incluidos datos relacionados con el programa nuclear, pero afirmar que él personalmente entregó a Stalin «el secreto de la bomba atómica» convierte una operación compleja en una historia mucho más sencilla de lo que realmente fue.

Hasta ese punto, la responsabilidad de Julius resulta difícil de discutir. El caso de Ethel Rosenberg es diferente.

Ethel había estado vinculada a organizaciones comunistas y existen razones para pensar que conocía las actividades clandestinas de su marido. Resulta difícil imaginar que Julius mantuviera contactos secretos, reclutara colaboradores y desarrollara determinadas operaciones sin que ella supiera absolutamente nada, y algunos documentos soviéticos conocidos posteriormente apuntan precisamente a que estaba al tanto y aprobaba sus actividades. El problema jurídico es otro: saber que alguien está cometiendo espionaje no equivale necesariamente a participar en ese espionaje.

Para conseguir una condena contra Ethel, la fiscalía necesitaba demostrar una participación activa y allí apareció nuevamente David Greenglass.

Durante el juicio, Greenglass afirmó que su hermana había mecanografiado notas manuscritas que contenían información procedente de Los Álamos. La declaración colocaba a Ethel directamente dentro de la operación: ya no sería simplemente la esposa de Julius que conocía lo que ocurría, sino una persona que preparaba material destinado a la inteligencia soviética.

Años después surgió un problema devastador para esa versión. Cuando se conoció la declaración original de Greenglass ante el gran jurado, se comprobó que inicialmente no había mencionado que Ethel mecanografiara aquellas notas e incluso había declarado que no había hablado con su hermana sobre espionaje. Décadas más tarde reconoció que había mentido durante el juicio y explicó que lo había hecho para proteger a su propia esposa, Ruth Greenglass, cuya implicación en los contactos con Julius había sido mayor.

El contraste resulta difícil de ignorar. Ruth no fue procesada. David colaboró con la fiscalía, recibió una condena de quince años y cumplió menos de diez, mientras Ethel terminó condenada a muerte apoyándose, entre otros elementos, en un testimonio que posteriormente su propio hermano reconocería como falso.

La dureza contra Ethel tenía además una finalidad práctica. Las autoridades esperaban que la amenaza contra ella obligara a Julius a confesar, identificar colaboradores y proporcionar información sobre la red. En otras palabras, procesarla con toda severidad aumentaba la presión sobre su marido.

La estrategia no produjo el resultado esperado. Julius no confesó y Ethel tampoco aceptó declararse culpable. La amenaza de una condena extrema terminó convirtiéndose en una sentencia real y el proceso avanzó dentro de uno de los ambientes políticos más tensos de la historia estadounidense reciente.

El juicio se celebró en 1951. La Unión Soviética ya poseía armas nucleares, China se había convertido en un Estado comunista y Estados Unidos combatía en Corea. A esto se sumaba el temor a la infiltración soviética dentro de las instituciones estadounidenses. El espionaje comunista no era una invención: existía y el propio caso de Julius lo demostraba, aunque ese peligro real también creó un ambiente en el que resultaba más fácil presentar a determinados acusados como responsables de amenazas mucho mayores que sus propios actos.

El juez Irving Kaufman llegó a relacionar el espionaje de los Rosenberg con la Guerra de Corea y con las muertes producidas en aquel conflicto. La afirmación llevaba la responsabilidad del matrimonio mucho más allá de aquello que podía demostrarse directamente, pues establecer una relación causal entre la información obtenida por la red de Julius y el estallido de la guerra coreana era una conclusión extraordinariamente difícil de sostener.

La comparación con otros implicados vuelve todavía más controvertida la sentencia. Klaus Fuchs había entregado información nuclear de enorme valor y no fue ejecutado. David Greenglass proporcionó información desde Los Álamos y recibió prisión. Harry Gold, quien actuó como mensajero, fue condenado a treinta años y posteriormente recuperó la libertad. Theodore Hall nunca fue procesado. Ethel, cuya participación operativa presentaba problemas probatorios importantes, terminó recibiendo junto con Julius la pena más severa posible.

El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la prisión de Sing Sing, en Nueva York. Julius murió primero. Después fue colocada Ethel en la silla eléctrica y las primeras descargas no consiguieron matarla, por lo que fue necesario aplicar otras hasta certificar su muerte. Sus hijos Michael y Robert tenían entonces diez y seis años.

La historia no terminó con la ejecución. Durante décadas, el caso Rosenberg quedó atrapado entre dos interpretaciones políticas opuestas. Para una parte de la izquierda, Julius y Ethel habían sido víctimas inocentes de la histeria anticomunista estadounidense. La documentación revelada posteriormente destruyó buena parte de esa versión respecto de Julius: había colaborado con la inteligencia soviética y había ayudado a organizar una red de espionaje.

La interpretación contraria tampoco salió intacta. Julius fue espía, pero no fue el único responsable de que la Unión Soviética obtuviera información sobre el programa nuclear estadounidense ni puede atribuírsele personalmente la entrega de todos los conocimientos necesarios para construir la bomba. En el caso de Ethel, la situación resulta todavía más problemática porque saber lo que hacía su marido y compartir sus convicciones políticas no demuestra por sí mismo la participación operativa que la fiscalía presentó durante el juicio.

El caso de los esposos Rosenberg obliga, por tanto, a aceptar varias realidades al mismo tiempo. Julius Rosenberg fue un espía soviético y traicionó a su país proporcionando y facilitando información militar a una potencia extranjera. La Unión Soviética desarrolló una extensa operación para obtener secretos nucleares estadounidenses. Ethel probablemente conocía las actividades de Julius, pero una de las pruebas fundamentales utilizadas para presentarla como participante activa procedía de un testimonio que posteriormente fue reconocido como falso.

Nada de esto requiere convertir a Julius en víctima inocente ni transformar a Ethel en heroína. Tampoco exige minimizar el espionaje soviético, que fue real, organizado y exitoso. Precisamente por eso el caso resulta tan incómodo: un Estado puede perseguir un delito verdadero y, al mismo tiempo, cometer una injusticia durante esa persecución.

La culpabilidad de Julius no demostraba automáticamente la de Ethel. La existencia de una red soviética tampoco justificaba cualquier método para destruirla y el peligro que representaba Stalin no convertía en justa cualquier actuación realizada en nombre de combatirlo.

Quizá ahí se encuentre la parte más interesante del caso Rosenberg. Durante décadas se intentó escoger entre dos historias simples: eran inocentes perseguidos por sus ideas o eran los traidores que entregaron la bomba atómica a Stalin. Ninguna explica completamente lo ocurrido.

La realidad fue bastante menos cómoda. Julius Rosenberg fue culpable de espionaje. Los soviéticos robaron secretos nucleares estadounidenses y esos secretos ayudaron a acelerar su programa atómico. Ethel Rosenberg probablemente sabía lo que hacía su marido, pero fue condenada mediante un proceso en el que una prueba fundamental contra ella terminó seriamente desacreditada.

Las tres afirmaciones pueden ser ciertas simultáneamente y precisamente por eso, más de setenta años después de aquellas ejecuciones, los esposos Rosenberg continúan siendo uno de los casos más polémicos de la Guerra Fría.

Escrito por

Ernesto Mirabal

Historias, ideas y libertad sin permiso.

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